sábado, 15 de noviembre de 2014

El cuerpo es alma de la prosa (Vicente Gallego lejos de las leyes de los hombres)

 
 
 
 
Hay que estar siempre embriagado. Todo consiste en eso: es la única cuestión.
Baudelaire
      
Ahora solo se trata de hacer recuento, abrir los ojos y ver que llevamos toda una vida apencando de balde.1
Vicente Gallego
 
 
   Una de esas curiosidades de la historia hizo que Heráclito y Lao-Tse fueran contemporáneos. Estando a tanta distancia, ambos se interrogaron al mismo tiempo sobre la pugna sempiterna entre contrarios. Con tal concisión y tan certeros que aún son contemporáneos nuestros, hasta el punto de que hoy es posible pasarse la vida becado descifrando una sola de sus líneas. Imaginad que se hubieran conocido. No eran poetas ni filósofos profesionales, no eran grafómanos. Y, sin embargo, eran filósofos, y eran poetas, (al caso es igual), o, para ser más precisos, eran, como diría Giorgio Colli, sabios terribles.
   Tales, y odres cercanos, son de los que ha bebido a copiosos tragos Vicente Gallego con provecho, paladeando a fondo cada sorbo, explorando el universo en cada gota, la mar y las estrellas en cada grano de centeno, espacios siderales en los poros de la piel. Aunando Levante y Occidente, Grecia y China; las arduas abstracciones de las especulaciones metafísicas y las impresiones ingenuas que surgen contemplando el mundo a simple vista; las sencillas formas de la vida que permanecen cambiando, habitándolo con fortuna impar desde la noche de los tiempos.
   Vivir el cuerpo de la realidad hilvana un discurso donde ese juego especular se presenta sin prejuicios. La palabra no se atiene a un género concreto, va desgranándose en ideas y conceptos -cabalmente científicos incluso- por la vía (Tao) del lenguaje poético. Como agua que mana del deshielo.
   Para el poeta -y de esto trata también Cuaderno de brotes2- , “el adjetivo “simple” es el príncipe de los epítetos”3. A años luz del cinismo imperante, de buena fe, sin ánimo de imponerse, trata de resolver las contradicciones, tal y como hace el verdadero ser, y no sólo entre los hombres, sino entre los hombres y los seres del mundo. Claro que la acción se limita a alcances, acercamientos, puesto que “esta agua no puede contenerla por entero el recipiente de la palabra”4, porque la palabra “puede ser muy hermosa, y el verdadero conocimiento no va contra la palabra, sino contra la instrumentalización que hace de ella el egoísmo para defender sus ínfulas separatistas”5, pero la palabra no pretende “decir la verdad -disecarla y falsearla- sino evocar la viveza de sus aromas”6. Afirma. Como en el verso de Miguel Ángel Velasco que corresponde La tormenta en el monte7, “todo asiente, entregado a una oscura obediencia”8.
   El escepticismo, sin embargo, es constante. Se trata, repitámoslo, de conocimiento, de ciencia, de un tratado epistemológico, de ontología. Es inevitable sospechar del lenguaje y del «egoísmo separatista» del yo; el primero, destartalado aunque en ocasiones hermoso vehículo de un viaje sin fin, nunca llega; y el segundo se convierte en impostura si no abre las puertas “a nuestra común interioridad, justamente allí donde interior y exterior se revelan como una sola evidencia, la de la ubicua naturaleza humana”9.
   ¿Qué más dios hace falta? No hace falta Dios. Basta el cuerpo, el aliento: “si existe algo a lo que podamos llamar real, ese algo debe hacerse presente de inmediato y por doquier a la mirada atenta, simple. Por tanto, sostenemos que este cuerpo frágil y animoso de los días laborales10, bien hallado, hondamente sentido y reconocido, no está separado de ninguna manera de la totalidad manifiesta, carece de límites por sus cuatro costados y es la expresión inmaculada del ser absoluto (…) perpleja profundidad que hace uno de espíritu y epidermis”11.
   “Nadie sabe lo que puede un cuerpo” (Hölderlin).
   En realidad tendrían que escribirse muchos libros para comentar éste, fruto todos de una misma corriente del discurso sin más autor que el lenguaje verdadero. Intentaré, no obstante, seguir. Si prefieres elegir, lector, tu propia aventura, abandona sin culpa ahora mis torpezas y vete a él, escribe tu comento, mira el mundo, vé, que, “como dijo el poeta verdadero: “ni aun el cuerpo resiste tanta resurrección""12.
   Vivir el cuerpo de la realidad es un ensayo literario, moral, filosófico y científico; es poema en su decir abierto y limpio; y el relato de un hombre que ha salido al campo, lejos de la ciudad, y abraza la leña de los árboles con que se calienta en las gélidas noches de invierno, mientras afuera truena y aúlla el viento y siente crecerle inmensa la gratitud.
   Siempre enseña leer los ensayos de los poetas. Es ejemplo canónico de ello Juan de Mairena, y está presente aquí. Cuando, como éstos, el ensayo muestra, demuestra, se niega, indaga más allá de sí, y, sobrepujando la belleza de su propia escritura en cada oración, al cabo, afirma, la respuesta no puede menos de sobrecoger al lector. Ensayos así son libros raros. Ni siquiera los grandes poetas son capaces de escribirlos a menudo.
   Paradójicamente, retirado en el monte, el poeta no está solo. Su “mirada lunática, la que no se deja atrapar”13, le dice “que ver el dedo, la luna y la mirada como una sola cosa es estar libre de todas y pasar la noche al raso felizmente”14.
   Pero la verdad ahonda en el escepticismo. Amén del lenguaje y del yo, la mente, esta construcción intelectual de abstracciones que nos es común, resulta igualmente débil, escasa, una tentativa vana de reducir a signos la omnipresencia de lo real; tentativa asimismo inevitable, (de momento), pero infinitamente inacabada, cuando no cerrada o, por mejor decir, cerrada las más de las veces, sorda al habla clara de la lluvia, y, que, finalmente, ha levantado, como decía Jean Améry, la mano contra sí misma, destruyendo la belleza de la faz del planeta, exprimiéndolo con el único fin de saciar estúpidamente instintos que no puede comprender, embarcada en la descomunal locura de dominar cuanto encuentra, insegura, llena de dudas y miedo por culpa de la muerte, -su muertecita, como decía Gª Calvo-, anonadada.
   Termino aquí dejando La ofrenda del fuego, poema que me ha traído vivo a la memoria Piña de lumbre, de Miguel Ángel Velasco, el cual, a su vez, rememoraba a Claudio Rodríguez...
   La poesía es un sindiós sinfín...
   Alquimia ha de ser, como dice Alfredo Rodríguez.

 
LA OFRENDA DEL FUEGO15

Le di una piña al fuego, no me quedaba ya otra cosa que quemar. La recibió con ansia. Silbaba de contento a su alrededor, la lamía, se la fue anexionando muy despacio, la empujaba de una parte a otra de sus dominios, soplaba entre sus aleros. Y ella empezó a ablandarse y a rendirle su propio ser. No era aún del todo suya cuando, de pronto, una de sus apasionadas caricias la hizo crujir y dar un salto explosivo. Cayó a mis pies. Me la estaba devolviendo. Se la tuve que aceptar, aquella rosa mía incandescente.





Postdata: El número DOS de La Galla Ciencia incluye un poema de Vicente Gallego, CANTO III, dedicado a Octubre, que poco y todo tiene que ver con lo antedicho. (Revista de Poesía La Galla Ciencia, número DOS, Murcia, Octubre 2014, págs. 62-63). 










Notas:


1 Salvo mención distinta al respecto, las citas están extraídas de Vivir el cuerpo de la realidad. Los tres alcances del abrazo sincero. Vicente Gallego. Editorial Kairós, Barcelona, 2014. En este caso, pág. 45.

2 Cuaderno de brotes. Vicente Gallego. Pre-Textos, Valencia, 2014. Poemario de lectura diversa a la de este ensayo, pero complementario suyo. Como declara su título, constituye una suerte de cuaderno de campo o de trabajo, -paralelo (y transversal) a Vivir el cuerpo de la realidad-, en el cual la belleza se manifiesta ahora como vivo afluente de poemas en prosa que nombra la naturaleza desnuda.

3 Pág. 15.

4 Pág. 12.

5 Ídem.

6 Pág. 13.

7 Cuaderno de brotes. Vicente Gallego. Pre-Textos, Valencia, 2014. Pág 55.

8 La miel salvaje. Miguel Ángel Velasco. Visor Libros, Madrid, 2003. Pág. 51.

9 Pág. 24.

10 Las itálicas son mías.

11 Págs. 25-26.

12 Pág. 27.

13 Pág. 33.

14 Ídem.

15 Vicente Gallego, ob. cit., pág. 37.





 
 
 


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