viernes, 26 de septiembre de 2014

Acropolítica de las Iluminaciones


Traigo aquí estas cinco Iluminaciones de Rimbaud, en la traducción de Julia Escobar publicada por Alianza Editorial el año 2001. Nunca he dejado de leer sorprendido a Rimbaud, pero estos poemas, que ya atraparan mi atención desde las primeras veces, no cesan de revelar a cada nueva lectura más estratos de sentido. Su vigencia creciente me provoca un pasmo que es júbilo y horror al mismo tiempo. La línea que separa al poeta del profeta se me estrecha hasta tal punto que ya no sé si falta o sobra alguna letra, y no sé si eso me gusta. Estos cinco relámpagos parecen ir a detonar el estallido de la realidad en cualquier momento, de manera que tampoco sabe uno si lo que dicen es motivo de esperanza o de miedo, acaso porque lo es de ambos. Luego, ninguno de los dos merecen, sino eso otro nuestro, absolutamente.



Ciudad

  Soy un efímero y no muy descuidado ciudadano de una metrópoli considerada moderna porque se ha evitado cualquier gusto conocido en el mobiliario y en el exterior de las casas, así como en el plano de la ciudad. Aquí no encontraríais rastros de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua están ¡por fin! reducidas a su más simple expresión. Estos millones de personas, que no necesitan conocerse, llevan tan parejamente la educación, el oficio y la vejez, que el curso de su vida debe de ser varias veces menos largo de lo que una loca estadística atribuye a los pueblos de continente. Asimismo, desde mi ventana, veo espectros nuevos avanzando entre la espesa y eterna humareda de carbón -¡nuestra sombra de los bosques, nuestra noche de verano!-, Erinias nuevas ante mi cottage, que es mi patria y todo mi corazón puesto que todo aquí se parece a esto, la Muerte sin llantos, nuestra activa hija y criada, un Amor desesperado, y un bonito Crimen piando en el lodo de la calle. 



Ciudades

  ¡Son ciudades! ¡Estos Alleghanys y estos Líbanos de ensueño se alzaron para un pueblo! Chalés de cristal y de madera que se mueven sobre raíles y poleas invisibles. Los viejos cráteres, cercados de colosos y de palmeras de cobre, rugen melodiosamente entre las llamas. Fiestas amorosas suenan sobre los canales colgados detrás de los chalés. El chasquido de los carillones resuena en los desfiladeros. Corporaciones de cantores gigantes acuden con ropas y oriflamas resplandecientes como la luz de las cumbres. Sobre las plataformas, en medio de los precipicios, los Roldanes proclaman su bravura. Sobre las pasarelas del abismo y los tejados de las posadas, el ardor del cielo engalana los mástiles. El hundimiento de las apoteosis se une a los campos de las alturas, donde las centauras seráficas se mueven entre los aludes. Por encima del nivel de las más altas cumbres, un mar trastornado por el eterno nacimiento de Venus, cargado de olas orfeónicas y del rumor de las perlas y las conchas preciosas, el mar, a veces se oscurece con destellos mortales. En las vertientes mugen cosechas de flores tan grandes como nuestras armas y nuestras copas. Cortejos de Mabs, con vestidos rojizos, opalinos, suben de las cortadas. Allá arriba, con las patas en la cascada y las zarzas, los ciervos maman de Diana. Las Bacantes de los suburbios sollozan y la luna arde y aúlla. Venus entra en las cavernas de los herreros y los ermitaños. Grupos de campanas celebran las ideas de los pueblos. Una música desconocida surge de castillos construidos en hueso. Todas las leyendas circulan y los impulsos se precipitan en los burgos. El paraíso de las tormentas se desmorona. Los salvajes bailan sin cesar la fiesta de la noche. Y por unos momentos descendí al bullicio de un bulevar de Bagdad, donde unas compañías celebraron la alegría del nuevo trabajo, bajo una brisa espesa, circulando sin poder eludir los fabulosos fantasmas de los montes, donde debimos encontrarnos.
  ¿Qué bondadosos brazos, qué hora afortunada me devolverán esa región de donde vienen mis sueños y mis menores movimientos?



Ciudades

  La Acrópolis oficial extrema los más colosales conceptos de la barbarie moderna. Imposible expresar la luz mate producida por ese cielo inamoviblemente gris, el resplandor imperial de los edificios, y la nieve eterna del suelo. Se han reproducido con un gusto de enormidad singular todas las maravillas clásicas de la arquitectura. Asisto a exposiciones de pintura en locales veinte veces más amplios que Hampton Court. ¡Qué pintura! Un Nabucodonosor noruego ha construido las escaleras de los ministerios; los subalternos que pude ver son ya más arrogantes que unos *** y temblé ante el aspecto de los guardianes de colosos y de los maestros de obras. La agrupación de los edificios en plazas, patios y terrazas cerradas ha expulsado a los cocheros. Los parques representan la naturaleza primitiva trabajada por un arte soberbio. El barrio alto tiene partes inexplicables: un brazo de mar, sin barcos, despliega su manto de granito azul entre muelles cargados de candelabros gigantes. Un corto puente conduce a una poterna justo debajo de la cúpula de Sainte-Chapelle. Esta cúpula es una armadura de acero artístico de unos quince mil pies de diámetro.
  ¡En algunos puntos de las pasarelas de cobre, de las plataformas, de las escaleras que circundan las lonjas y los pilares, creí poder juzgar la profundidad de la ciudad! Hay un prodigio que no pude percibir: ¿en qué niveles están los otros barrios, encima o debajo de la acrópolis? Para el forastero actual es imposible apreciarlo. El barrio comercial es una plaza de un solo estilo, con galerías porticadas. No se ven tiendas, pero la nieve de la calzada está aplastada; algunos nababs, tan escasos como los paseantes de una mañana de domingo en Londres, caminan hacia una diligencia de diamantes. Hay divanes de terciopelo rojo: se sirven bebidas polares cuyo precio oscila entre ochocientas y ocho mil rupias. Al pensar en buscar teatros en esa plaza me digo que las tiendas deben de esconder dramas bastante sombríos. Supongo que hay una policía. Pero la ley debe de ser tan extraña, que renuncio a imaginarme a los aventureros de aquí.
  El suburbio, tan elegante como una bonita calle de París, está favorecido por un toque de luz. El elemento democrático se compone de unos cientos de almas. Tampoco allí las cosas van seguidas; el suburbio se pierde extrañamente en el campo, el  "Condado", que llena el occidente eterno de los bosques y de las plantaciones prodigiosas donde los hidalgos salvajes cazan sus crónicas bajo la luz que alguien creó.



Metropolitano

  Desde el estrecho de índigo a los mares de Ossian, sobre la arena rosa y naranja que el cielo vinoso lavó, acaban de subir y de cruzarse bulevares de cristal al punto habitados por jóvenes familias pobres que se alimentan en las fruterías. Ninguna riqueza. ¡La ciudad!
  A la desbandada, huyen del desierto de asfalto con las capas de bruma escalonadas en franjas horrendas hasta el cielo que se repliega, retrocede y desciende, formado por la más siniestra humareda negra que pueda engendrar el Océano enlutado, los cascos, las ruedas, las barcas, las grupas. ¡La batalla!
  Levanta la cabeza: ese puente de madera, arqueado; los últimos huertos de Samaria; esas máscaras coloreadas bajo el farol azotado por la noche fría; la necia ondina de ropaje ruidoso, en la parte baja del río; esos cráneos luminosos en las plantaciones de guisantes y demás fantasmagorías, el campo.
  Caminos bordeados de rejas y de tapias, que a duras penas aguantaban sus jardincillos, y las atroces flores que se podrían llamar corazones o hermanas; Damasco hiriente de languidez, posesiones de quiméricas aristocracias ultrarrenanas, japonesas, guaraníes, todavía capaces de acoger la música de los antiguos –y hay posadas cerradas para siempre jamás- hay princesas, y si no estás demasiado abrumado, el estudio de los astros, el cielo.
  La mañana en la que con Ella luchasteis entre los destellos de nieve, los labios verdes, los hielos, las banderas negras y los rayos azules, y los perfumes púrpuras del sol de los polos, tu fuerza.



Democracia

  -La bandera se dirige al paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga al tambor.
  Alimentaremos la más cínica prostitución en los centros. Aplastaremos las revueltas lógicas.
  ¡A los países picantes y empapados! Al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares.
  Adiós aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz; ignorantes para la ciencia, curtidos para el bienestar; que estalle el mundo que viene. Es la auténtica marcha. ¡En ruta y adelante!



sábado, 13 de septiembre de 2014

Propiedad, naturaleza



«Pues la verdadera democracia consiste en ver en cada silla un trono». Esta frase de Chesterton explica que a algunos que lo tenemos en gran estima como autor, nos suenen ciertas alabanzas que otros le hacen a ruido de cañerías, por ejemplo cuando Juan Manuel De Prada se empeña en esgrimir sus juicios –los de Chesterton- para defender causas quizá más propias de un abogado como Lèon Bloy, el cual, sin embargo, parece no existir siquiera en la a buen seguro nutrida biblioteca del Señor De Prada.

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En Shakespeare nunca lo hizo, Bukowski dice que un hombre tiene que vivir con muchas mujeres antes de encontrar la suya, si es que la encuentra. Dice que él tardó 56 años en encontrar a Linda Lee, y que le valió la felicidad, porque Linda Lee era su mujer. Se inclina por que es cuestión de suerte, una especie de fatum amoroso que, si sucede, lo hace cuando un hombre, después de vivir con varias mujeres, ha aprendido lo necesario.

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Todo es juego, pero juegan frívolos, trágicos, tragicómicos, esperpénticos, corruptos... Aquí juega todo dios y «escribe, literalmente, hasta el apuntador», como dice Roger Wolfe, de modo que no hay quien se libre. Porque el juego es trágico, y no saber ni querer jugarlo, empeñados como estamos en mandar, el atavismo más ruinoso que arrastramos como especie.

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Contra la preeminencia de lo verbal sobre lo sustantivo en el lenguaje.- El uso del participio como adjetivo desvela que el epíteto implica ya verbalidad, un modo de acción. Pero las sustancias, como dice Heráclito, permanecen cambiando. De manera que no puede sostenerse jerarquía alguna entre las cosas y su devenir. Las sustancias son libres o no son. Y la cosa del lenguaje, que es cosa por ser acción, «lo que habla», como dice Gª Calvo, sólo se cumple en el concurso vario de sustantivos, verbos, adverbios, complementos y adjetivos. 

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Largueza del arte y cortedad de la vida.- El arte es tan largo que hace eterno cada instante vivido en pos suyo, ese tiempo humano fracasado, que no alcanza nunca a morir con la tarea concluida y, sin embargo, persiste obstinadamente en ella, a sabiendas de su destino fugaz.

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Propiedad, naturaleza.- Metafísica de religión y paganismo practicante.

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He preferido ser despreciado por borracho y tomado por loco, incluso enloquecer de amor, a cometer las villanías que nuestro tiempo exige para elevar a alguien a hombre prominente.

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Ética de la abyección.- Baja condición ser mal padre de los propios hijos, pero si a la vez se es mal padrastro de los ajenos, y permanecen la soberbia intacta, la buena conciencia hipócrita en la sumisión tramposa, el incansable dedo acusador sobre las espaldas de otros y el proselitismo de un coro con que condenar a los culpables, entonces no actúa sino el fútil tormento del inquisidor.

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Tachar casi siempre mejora lo escrito.