lunes, 21 de julio de 2014

Pulsión del barroco (sobre "Luz mordiente" de Pedro Noguera)





El paisaje, el clima y las costumbres de un lugar intervienen a menudo con huellas decisivas en las artes que surgen de él. En el caso de Murcia, salta a la vista que predomina el barroco. Valga la paradoja, aquí el barroco se da naturalmente, como un veneno inoculado generación tras generación en la mentalidad de las gentes, propensas a acumular los más heterogéneos elementos a fin de eludir, no ya el vacío, sino cualquier hueco o silencio susceptible de irrumpir en la realidad, por minúsculo que sea. En tales condiciones, los artistas se ven desafiados por un peligro doble. De un lado, el de llevar demasiado lejos su impulso innato de recargar la obra, sin percatarse de que esa desbordante profusión quizá resulta innecesaria para dotarla de libertad o autenticidad y al cabo puede convertirse en un lastre pesadísimo; y, de otro, cuando pretenden sustraerse a esa influencia, el de asfixiar mortalmente su arte, privándolo del aire que le es propio y natural. El barroco no es obligatorio, antes al contrario, pero hacer caso omiso al peso que, se quiera o no, tiene en determinadas latitudes, sólo con mucha dificultad conducirá a alumbramientos felices.

Se argumenta contra el barroco por sus excesos, insoportables para ciertas sensibilidades, seguramente con motivo, y hay multitud de ejemplos que lo justifican. Pero también sucede que en ocasiones brinda obras inolvidables, capaces de incendiar el corazón más gélido, comparables a las más excelsas. No en vano, Burckhardt afirmó que todo gran arte es barroco en el fondo. El barroco es un juego exuberante que intenta decir lo infinito, y por eso entraña una exigencia superior, puesto que su desmedida ambición se ve lógicamente frustrada las más de las veces, incluso de manera lamentable.

Pedro Noguera se ha empapado de esa tradición y es consciente de su fuerza. Aparte de estudiar en la universidad, visitar museos y frecuentar a artistas de distintas generaciones, se ha educado en el taller de su familia, restaurando, pintando y esculpiendo imágenes y tronos para las procesiones de Semana Santa. En el taller, ha asimilado las antiguas, complejas y delicadas técnicas que emplea en su trabajo: la estofa, el temple y el mordiente. Como un alquimista, busca mediante los metales preciosos resaltar la espiritualidad de la materia, el misterio que encierra hasta el más viejo y humilde palo hallado en un solar después de una tarde pintando graffitis. A la hora de abordar algunos proyectos, en sus primeros pasos tiene bastante de trapero, siempre alerta a los escombros que pueda reutilizar de los descampados, y a los muebles y enseres rotos tirados junto a los contenedores de basura1. Como Ángel Haro, que partió de una premisa similar para su Folitraque y por cuya labor Pedro siente especial curiosidad, ha reciclado objetos abandonados y restos sobrantes de los menesteres del taller: telas, tablones, tallas, varas, molduras y demás materiales hábiles para armar volúmenes y superficies, rescatando la memoria que albergan esos pecios aparentemente inútiles o fallidos, los relatos que todavía pueden contar, incorporándolos en la pieza de mayor tamaño de esta exposición, cuya estructura, no por casualidad, remite a una cruz.



                                      
         


Esa acumulación un tanto salvaje y caótica, fruto en parte del azar pero asimismo de un concienzudo ensamblaje, es sometida en los cuadros propiamente dichos a una especie de reelaboración -de domesticación, por así decir, de doma- a través de la pintura. La estofa, mezclada sobre el lienzo y la madera con pigmentos azul, rojo, verde, morado o el negro del bol, aparece como despojamiento o destilación, "toma de pulso" -dice Pedro, del aprendizaje adquirido. De hecho, en su fase última, el esgrafiado, la estofa consiste en una retirada o desnudamiento de materiales que permite la aparición deslumbrante de la plata. El fulgor barroco continúa presente, pero de forma mucho más sutil, como entramado de matices diminutos e incontables dispuesto sin estridencias ni sobresaltos sobre la tela o el retablo, donde la mirada puede posarse y descansar sin privarse por ello de una ilimitada riqueza de detalles. El resultado transmite las enseñanzas del barroco depuradas, creando composiciones donde brillos, sombras y relieves de extrema fineza se equilibran e iluminan esta o aquella zona del plano, combinados de manera análoga a las notas musicales en una partitura.

Entre el artesano de taller y el graffitero furtivo, se impone, inevitable, el triunfo del pintor, una vocación en lucha permanente con la multiplicidad que le rodea y, sin embargo, fiel a sí misma, al mundo del que viene y donde se desenvuelve, demasiadas veces mero y mudo horror vacui en lugar de barroco.


1 En Contened´or (2008), transmutó simbólicamente la mierda en oro, aplicando pan de oro sobre un contenedor de basura.













Luz mordiente, de Pedro Noguera. Espacio Pático (S. Lorenzo, 5, Murcia, hasta el 31 de julio)

http://www.pedro-noguera.com/

Fotografías de Joaquín Clares



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