viernes, 23 de mayo de 2014

Literatura política


   Llama la atención, y es digno de celebrar, la pujanza que está adquiriendo la política como tema literario. Quizá no sorprenda tanto este resurgimiento como su ensordecedora ausencia durante las últimas décadas, y cabe preguntarse si es la literatura la que entra en política o al revés, la política en literatura. Pero es evidente que ambas se encuentran una vez más hermanadas, y hay en ello tanto un riesgo para literatura y política como una oportunidad.
   En cualquier caso, la coyuntura es interesante, y sin duda oportuno que cada cual se plantee el modo idóneo de afrontar el reto, puesto que difícilmente -a excepción de en la mística- la literatura puede sustraerse a la política1. Como toda expresión humana, la literatura, directa o indirectamente, tendrá siempre una dimensión política. Quien pretenda negarlo se sitúa en una posición comparable a la de Franco, que aconsejaba seguir su ejemplo y no meterse en política entretanto daba rienda suelta a su crueldad e ignorancia como dictador. Más valdría aceptar la maldición aristotélica de nuestra inevitable naturaleza social, porque mientras la especie no mute, la definición humana del Estagirita seguirá ahí, por incómodo y paradójico que resulte sentir tan vivo a un filósofo tan antiguo.
   Pero retrocedamos un momento. Según lo veo yo, la ausencia de la política en la penúltima literatura, fue sólo aparente, es decir, que no obedecía tanto a que la literatura no se metiera en política como a que la política se había metido en la literatura hasta tal punto que ésta ya no hablaba de aquella. Sin embargo, aun desterrada, la política operaba en la literatura, inconscientemente. La respuesta actual a esa situación, parece un poco lo mismo en sentido contrario, esto es, que la política vuelve a inmiscuirse en la literatura, pero esta vez de manera explícita, abiertamente beligerante, acaso con la misma torpeza que cuando huyó.
   Por supuesto, generalizo. Excepciones, como siempre, hubo; y había y hay también un resto de la anterior deriva romántica, donde la literatura constituye una herramienta al servicio de las ideologías, ora de izquierdas, ora de derechas. Por eso conviene mantener ágil la guardia. Corremos el riesgo de que sucedan escenas semejantes a las presenciadas durante las asambleas del 15M, donde los mismos que aseguraban haber estado ciegos como personajes de Saramago, pero haber despertado y caído al fin en la cuenta de la farsa que constituyen las democracias representativas, se mostraban, sin embargo, impermeables a cualquier sugerencia y, de la noche a la mañana, sabían, con una certeza total (que, a mi, personalmente, me asustó), lo que debía hacerse para gestionar lo común, terreno del cual jamás se habían preocupado y que, a la vista de sus denodados esfuerzos por controlar, indefectiblemente, no parecía reconocieran todavía. La literatura, a la que se le supone un carácter más reflexivo, más urbano, que al campismo, no debería correr peligros parejos, y, no obstante, uno empieza a leer textos de una vehemencia que no cabía esperar en quienes hace apenas un lustro practicaban la risa totalitaria y arcana, solían preocuparse de colorines y nubes, obedientes, formales, y celebraban envanecidos el nuevo orden tecnológico, a la búsqueda de adulación y pingües remuneraciones. O callaban, aprovechándose, estrategas conscientes del desaguisado, y pretenden ahora dar lecciones, ya digo, vehementemente. Como Antonio Muñoz Molina, a la sazón de la fiesta, narrador estatal, de lusitana aburrición, señor del Cervantes y premiado principalesco. Hoy ético flamante. Y su señora, la madre trascendental de Manolito, una Hanna Arendt... En fin, a estas cosas me refiero.
   Y si no, los a sí mismos llamados perdedores. Aferrados siempre a fes de alguna clase. Que mantienen lo más rancio como única opción, señalando por doquier enemigos2, amenazantes, urgiendo a escoger bando, a tomar partido. Incapaces de entender que el único partido pueda ser el propio, es decir, uno, que está roto en mil pedazos después de aguantar, tachado de loco, denunciando la explotación, la miseria moral, la prostitución del lenguaje, el robo a todas luces consentido y apoyado, la alienación, ¡psiquiatrizado!, ¡delirante!, venga a citar los infinitos libros imprescindibles; y que tenga pereza ahora, que no se fíe, que prefiera seguir, como siempre, su propio y jodidamente difícil camino. Porque es jodido el camino, aunque no haya; la fe parece que alivia, pero en el fondo lo vuelve un infierno. Derecha e izquierda han demostrado su inutilidad; para mantenerse en el poder, ya sólo mienten; y el enemigo es una figura nefasta. El jurista nazi Carl Schmitt es quien más aguda y profundamente examina (y promueve) la dialéctica amigo-enemigo, que se da por asumida como dogma a menudo, como si no hubiera otros modos de pensar la política, cuando masa y poder, por ejemplo, o la geometría fractal, ofrecen una visión más ajustada a la situación, en el planeta como el municipio. Esa lucidez permitiría actuar con más acierto. La literatura lleva demasiado tiempo indagando y mostrando la política como para reincidir en maniqueísmos y simplezas. Es un asunto delicado y complejo, bastante exhaustivo y trabajado, inseparable de la Filosofía y la Historia, inasequible a la miopía reduccionista de derechas e izquierdas, del amigo y el enemigo y la lucha de clases.
   La batalla está ganada. Es evidente la estafa, la mentira consustancial al poder. No merece la pena cualquier precio. Si ha de suceder que sea con naturalidad, dejándose, cuando de veras nos dejemos ser libres.
   Es muy arduo, porque, a fin de cuentas, ¿quién sabe? ¿No se trata más bien, por tanto, de cesar de imposiciones, de impostura? Comoquiera, el arte continúa recreándose, aportando sus escasas luces, poliedro pobretico. Ya lo ha explicado mil veces, de hecho, pese a que por ahora no resulte útil más allá de la intimidad. Tenemos, en efecto, a Canetti, a Dostoyevski, a Stendhal, a Tolstoi, a Kafka, a Broch, a Döblin, a Musil, a Orwell, a Huxley, a Bradbury, a Jünger, a Espinosa, a Henry Miller y un maravilloso, innumerable etcétera, sólo con el cual cabe hacerse una idea si se ha leído a Platón, Aristóteles, Montaigne, Spinoza, Hume, Kant, Tocqueville, Montesquieu, Nietzsche, Escohotado, Schopenhauer, Hegel y Heráclito.
   ¿Por qué no va a entender la literatura también de filosofía, y de filosofía política, como en Hölderlin o Goethe? Desde la poesía, Lucrecio, el Tao, John Milton o Walt Whitman hablan de política con una inspiración que ya quisieran los filósofos. La filosofía se ha quedado corta en el laberinto de sus razones, debe pensarse fuera de sí, como filosofía extática, parte de una turbulencia paradójica, estable en su irregularidad, copiosamente nutrida de relatos para actuar, como desde siempre hizo, dicho sea de paso.
   Conviene tener todo esto presente, y a Marx también, por un prurito culto, si se quiere, o preventivo, como a la vieja escolástica, o a la pornografía de Casanova y el Aretino... por sano frikismo, como se dice.3
   La política es urgente y susceptible de variados acercamientos, por eso tienta. Cada cual es soberano. Acaso estemos mutando y no haya que reírse de Nietzsche sino con él. Entonces sí nos complaceríamos, como Epicuro, libres de la política, mejor que humanos... Conjeturas, ciertamente, ajenas a la esperanza y la fe, divagaciones que aderezan el viaje mientras libertad y dominación enconan su pugna sempiterna. Pero si la escritura traza pensamientos de mediodía, algo pasa, y tal vez no del todo infame.
   No es cuestión de caer en vicios barrocos como norma, como hago yo mezclando encima el derecho con la literatura. Esta debilidad pertenece a mi particular idiosincrasia, a mi formación un tanto extraña. Puesto que el derecho ha impreso en mí carácter de modo similar al que se atribuía al sacerdocio, y me resulta inevitable, trato de encauzarlo para enriquecer lo que escribo, pero dudo que pueda servir como método. Además no es nada nuevo. La novela jurídica cuenta con una tradición estimable, de enorme interés, que autores como Kafka y Dostoyevski han cultivado con resultados excelentes, pero es endemoniadamente difícil de equilibrar. En su rigor acecha constante el aburrimiento, la falta de vitalidad.
   Puesto a pedir, quisiera una weltanschauung en cada libro, que cada libro, lejos de adherirse a un bando o a una doctrina, interpretara libremente su experiencia del mundo. Pero no soy quién para indicar a nadie lo que ha de escribir ni cómo, puesto que no quiero que me lo digan a mi. Que cada uno escriba lo que quiera, si quiere. Ni siquiera me atrevería a imponer a un escritor que leyese. Si ni siquiera quiere leer, que no lea. Obviamente, es casi imposible que me interese si no lee, pero no pienso impedirle hacerlo ni criticarlo.
   Y una última observación: que los autores sean más o menos coherentes con sus libros, también lo agradezco. En literatura, la ética es tan insoslayable como la política, sólo que con una relevancia mucho mayor. Albert Camus lo explica con una lucidez y una belleza milagrosas. Pocas veces ha alcanzado el espíritu humano a reconciliarse a través de la palabra tan hondamente con su condición como en El hombre rebelde. Un tratado filosófico, no estrictamente literario, pero que anima novelas como La caída, más incluso que La peste o El extranjero. El protagonista de La caída prefigura aspectos de los personajes de Bernhard, da rienda suelta a su confesión sin cortapisas, ávido de libertad a pesar del dolor que sufre. Interroga al misterio, traspasado por los grandes enigmas, resistiéndose a dejar de hacer preguntas que no tienen respuesta aunque, finalmente, felizmente, sea demasiado tarde.

1  Y ni siquiera entonces, pues esa extrañeza provoca que la mística influya políticamente con un peso considerable, quizá más fructífero que los discursos directos.
2  No en vano, la voz “camarada”, etimológicamente, alude a aquel con quien se comparte un enemigo.
3  Ruego indulgencia para mis blasfemias y herejías.