sábado, 8 de marzo de 2014

Maldita perfección, de Rafael Argullol




Maldita perfección.
Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza.
Rafael Argullol.
Acantilado, 2013.
238 págs.
24 €.


   Este libro me ha hecho rememorar mis primeras lecturas de Argullol, Territorio del nómada y La atracción del abismo. Aquellos ensayos breves y sutilmente imbricados sobre arte y literatura que tan espléndidamente había cultivado Trías en Drama e identidad y El artista y la ciudad, lecturas simultáneas en mi juventud. Aunque este Maldita perfección es distinto. Sin abandonar la comparación con su maestro y amigo, más que a esos dos, se asemeja a El hilo de la verdad, el tratado de Trías de 2004 que reanudaba la aventura decidido a una exégesis más ambiciosa desde el punto de vista metafísico y especulativo.
   Maldita perfección retoma esa travesía inagotable por lo mejor de la cultura, por algunos de sus hitos más significativos, más bellos y felices. Una singladura donde los diferentes autores se revelan como mediums, portavoces más o menos involuntarios de un mismo y multiforme discurso en continua metamorfosis, en torno y a través del cual, el pensamiento actúa.
   El relato histórico -nada historicista, donde el autor intercala sus juicios y recuerdos-, abarca desde Grecia, analizando (a menudo con heterodoxia) las diferencias entre ésta, Roma, la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco, el Romanticismo y la Modernidad hasta nuestros días.
   Empieza con esta tesis sobre el autorretrato en pintura: «Conocerse y reflejarse son dos caras de la misma aventura» (pág. 21). Partiendo de su origen, en el Renacimiento, con Durero, hasta la estremecedora vuelta de tuerca que le da Van Gogh. Abunda en la autobiografía. Participa de esa escritura transversal, mestiza en géneros, que practica Argullol desde hace tiempo como método de creación e investigación. Suele narrar anécdotas y viajes que explican su perspectiva. Y, sobre todo, se regocija coleccionando obras maestras del arte, enseñando por qué aún hoy se mantienen vivas y proveen de riquezas imprescindibles.
   El inicio deja un sabor agridulce, no pretende edificar. Sostiene que el conocimiento pasa por el autoconocimiento, lleno de trampas, nunca definitivo. Ante esa dificultad, responde La antorcha de la vida, el segundo ensayo, no como certeza o doctrina enfrentada a la tragedia de nuestra ignorancia fundamental -socrática y diogenesíaca-; no como verdad; sino como guía que hace posible el placer. Lucrecio es paradigma de transversalidad, no sólo entre géneros literarios, sino entre disciplinas científicas. Rerum Natura llega tan lejos por ser obra de un investigador riguroso que a la vez es un artista inspirado. Divulga las teorías de Demócrito y Epicuro y asimismo describe las pasiones desde la experiencia del poeta que las ha sufrido y disfrutado en cuerpo es alma, que conoce el mundo, pero también al hombre, que se convierte en fisiólogo y psicólogo. Este reflejar y, de algún modo, encerrar y cerrar la antigüedad que lleva a cabo Lucrecio, es lo que después hará Dante en la Divina Comedia respecto del medievo. Ambos indagan en el tiempo y la muerte. Pero con Dante interviene el obstáculo descomunal que constituye el monoteísmo. Ahí, Argullol se adentra en una insólita interpretación del cadáver por antonomasia de la pintura, el extraño Cristo de Mantegna. Y Miguel Ángel aparece entonces como la réplica contemporánea natural, reencarnando la contradicción entre oscuridad y luz, entre razón y pasiones, entre la belleza perfecta de la forma y la terribilitá interna de la materia.
   El libro se centra más en lo biográfico que en la historia, y, sin embargo, hace emerger reiteradamente los claroscuros del flujo histórico, la mezcla entre el bien y el mal, la alegría y el sufrimiento, las preguntas últimas y la perenne multitud de misterios. La concentrada pesquisa de las vicisitudes de los artistas y las obras objeto de estudio, se diría el pretexto para ofrecer una panorámica histórica oblicua, principalmente desde el Renacimiento hasta hoy, empleando el estudio sucesivo, analógico, transversal, de particulares universales del arte, para traducir lo general.
   El festín resulta prolijo y exuberante. La soledad después de Shakespeare nos trae de repente al aquí y ahora, introduciendo el concepto de Gran Frontera que aporta la cosmonáutica*, novedad diferida por el momento pero en absoluto resuelta. Y a Spinoza y a Goethe como pruebas de épica espiritual, que no desgaja una cierta trascendencia de la naturaleza, ni, por tanto, del hombre, pese a la soledad en que el hombre está inmerso sin Dios, recordando a lo sumo los versos tantas veces spinozistas de Goethe: «Si el ojo no fuese solar / ¿cómo podríamos ver el sol? / Si en nosotros no viviera la fuerza de un dios, / ¿cómo aceptaríamos lo divino?» (pág. 61).
   Como Miguel Ángel, Goethe es una referencia constante. Las afinidades electivas ofrece otro ejemplo claro de la alianza entre intelecto y emociones. El caso de apariencia fría y racional, nada romántico, de las pasiones humanas, expuesto en los amores del cuarteto que componen Otilia, el capitán, Carlota y Eduardo, representa cómo el destino termina por cumplirse, por inyectar un sentido, un orden en la vida, inclusive químico.
   El capítulo dedicado a Hölderlin, sugiere una lectura intempestiva de la recepción del mundo griego en la modernidad: que en Hölderlin es donde dicha herencia resurge más profunda y verdaderamente asimilada, especialmente en Empédocles y sus traducciones de Sófocles. Si bien con un desenlace trágico, puesto que tal recuperación resulta ya imposible, y, no obstante esa imposibilidad, Hölderlin termina realizándola. Su tragedia, una de las más admirables de la modernidad, fue perseguir una sombra. Un griego no podría haberla vivido, puesto que implica librarse de un tirano que entonces no gobernaba, pero podría comprenderla, porque no es sustancialmente distinta de las suyas, sino una manera más de estar sin Dios, como muchas de las que ellos representaban y nosotros, bastante más perdidos, todavía reconocemos.
   Quizá porque no podemos ser griegos, necesitamos observar una y otra vez la pintura. La aventura de la modernidad corre en paralelo a ella, y de forma especialmente notable en ese arte transversal, capaz de integrar géneros y disciplinas, del cual se nos presenta otro magnífico logro, una edición de 1931 de La obra maestra desconocida, novela donde Balzac desarrolla una audaz teoría sobre la pintura, repasando a través de la convivencia entre Poussin y otros pintores la historia del arte por el que entonces transitaba Picasso.
   Dostoyevski ilustra otro interés predominante del libro, las pasiones. Su novela El jugador proporciona una muestra de esa categoría de obras consideradas menores que, a la postre, resultan también mayores, y que el genio de Dostoyevski repite en El doble, Noches Blancas y Apuntes del subsuelo.
   El progresivo desarrollo de las tesis que el libro contiene, pasa por gozar una y otra vez el arte, demorándose incesantemente en muchas de las manifestaciones excelentes que ha alcanzado, exprimiendo lo que puede extraerse de él incluso desde el punto de vista práctico, para la filosofía práctica, para una razón que entiende la estética como ética y desea actuar sin temor a la heterodoxia. Sabe que ha de cumplir él mismo como obra artística, y en ello radica su mayor virtud, en el respeto con que lo aborda. No se anda por las ramas. Continúa deteniéndose en Nietzsche. Se postula una triple lectura, entusiasta, escéptica y hedonista, acorde con las sucesivas edades del lector y puesta en relación con la metáfora nietzscheana en la que «El camello es el ser aplastado por sus propias responsabilidades y prejuicios morales; el león es la descarga violenta contra tales prejuicios; y el niño, el ser libre de cortapisas» (pág. 123).
   Con Rilke propone una visión del viaje como utopía, del viaje interior como expresión genuina del viaje.
   Desarrolla un análisis acerca del transcurso del tiempo en La montaña mágica de Thomas Mann, sobre cómo vive Hans Castorp en el balneario con su primo, Naphta y Settembrini esos siete años, y lo que simbolizan filosóficamente. Desvelando a cada instante el conflicto, la pugna múltiple y siempreviva de contrarios, el avance irresistible de la libertad y la obstinada persistencia de la dominación. En definitiva, que, como dice Goethe, «humano: libre pero rodeado de peligros» (pág. 145).
   Se camina por la historia y la política -o más bien metapolítica, como en el capítulo titulado Los siete espíritus de América- al paso que marcan pintura y literatura. De Chirico y el espíritu del Romanticismo, Picasso en París como Goethe en Weimar. Artistas entregados al arte como el libro a su misión, a los oficios del escritor: cirujano, topógrafo, visionario, basurero, taxidermista. Como Lampedusa y su novela extraordinaria, tan rara, tan hermosa y tan sabia, El Gatopardo, quien ve llegar el futuro consciente de la aventura, y que no pinta nada en el siglo que se avecina aunque éste sea inferior a él. Porque la historia arrasa inexorable, sin misericordia, y en el siglo XX se despachó a gusto. De manera que hoy asistimos a una mutación del canon visual, incapaces de acceder al recuerdo si no es mediante su falseamiento, presentándonoslo como actualidad, solamente así, condenado a un olvido inmediato. Trance que tal vez ya se insinúa en la capilla octogonal de Rothko.
   Ante el ruido, por supuesto, queda defender la poesía.



* Se echa de menos alguna mención en el libro a la psiconáutica, materia a la que cabría haber hecho alusiones, por lo menos en este punto. Ignoro si el silencio obedece a desinterés del autor o a una secreta reverencia.   

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