lunes, 24 de marzo de 2014

Anónimos, pseudónimos y nombres


   Hace muchos años, creía fervientemente en el anonimato. Mi aspiración primera como escritor, quizá lo que me impulsó a escribir, fue hacer un libro digno de ser recordado pero del cual se olvidara el nombre del autor. Quería escribir un Lazarillo de Tormes, una Epopeya de Gilgamesh, Las Mil y Una Noches... De hecho, me lo tomé tan en serio que el primer texto largo que publiqué, salió sin firma. Por fortuna, en seguida leí lo suficiente como para darme cuenta de que, además de un disparate, me había propuesto una necedad. Sobre todo viendo cómo a la sazón proliferaban de manera infecciosa anónimos y pseudónimos en internet y el sentido del anónimo se decantaba por su versión más mezquina. Ya no era tanto la forma humana de coronar obras excepcionales como un manadero hediondo y torrencial de insultos y exabruptos.
   El anonimato y el pseudonimato (sic), que antes apenas aparecían en las artes o a fin de injuriar, calumniar y amenazar sin correr riesgos, son ahora habituales y se emplean con múltiples objetivos. Por supuesto, para atacar impunemente a personas y grupos concretos, desfogando el asco y el odio sin responder por lo que se diga. Pero también como evasión, inventando personajes que den rienda suelta a la creatividad, o que sublimen secretas tentaciones y bajos instintos; o como simple desahogo, curiosamente, muchas veces, para exponer sin miramientos ideas políticas que sólo a través de ese medio se expresan, disimulándose en lo demás como si fueran un crimen, con miedo, automáticamente desactivadas de la conducta al tiempo que operando en el fuero interno como dogmas irrenunciables, exoneradas de la crítica y las matizaciones a las que serían sometidas de pensarlas como efectivamente posibles e intentar ponerlas en práctica. Asimismo, se recurre al embozo por temor a represalias, cuando lo que se dice molesta a gentes poderosas o más poderosas que quien lo manifiesta. O bien, sencillamente, por mera cobardía, para huir de los pequeños inconvenientes que acarrea expresarse cotidianamente con franqueza en el seno de una sociedad hipócrita.*
   Por último, hay nombres. Quien se resigna -mal que le pese- a no poder no ser Fulano o Fulana de Tal y no se desentiende de lo que dice y hace, de sus compromisos y opiniones, tratando de defenderlos y buscarse la vida, en ocasiones, incluso honradamente. Sin embargo, fundados en algo tan minúsculo, los nombres están devaluados**, limitados por la corrección, por una terca negativa a plantear dificultades pese al desatino al cual conduce ocultar que la vida no es fácil ni demasiado divertida, el gigantesco esfuerzo que hace falta para desvelar las mentiras y erradicar la injusticia, el robo y la explotación, tantas veces consentidos de manera tácita por indolencia y comodidad, si no en espera de sacar tajada. Y así, con más pena que gloria, risibles, ridículos, absurdos, -voluntariosos insignificantes en el mejor de los casos, acaso un poco más libres gracias a esa dudosa responsabilidad asumida-, algunos repetimos todavía nuestros nombres, conscientes, no obstante, de que no significan casi nada y ya sólo sirven para ser utilizados en nuestra contra.


* Casi todas las máscaras combinan en mayor o menor grado alguno de estos móviles, pero habrá muchos más, los enumero sin afán exhaustivo.
** Hay hasta quien pretende privar de efectos a los contratos que ha suscrito cuando no le resultan ventajosos. Y aunque es cierto que la mayoría de servicios vitales para una mínima dignidad (agua, luz, techo, etcétera) sólo se obtienen aceptando condiciones abusivas -así llamadas generales, en masa o de adhesión; con frecuencia nulas de pleno derecho y que un Estado cómplice permite-, ello no justifica prestar consentimiento sin ni siquiera entender a qué se compromete uno, o prestarlo cuando se sabe a ciencia cierta que se llevan las de perder -como sucede con el voto en política-, con fe ciega, por si un remoto azar favorece. Perfeccionar contratos o votar no es lo mismo que apostar a la ruleta.

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