miércoles, 26 de febrero de 2014

Primera impresión. Entusiasmo


   Vaya por delante que no soy poeta ni crítico, sino lector, ante todo, y, como lector de poesía, peco de sentimental, caprichoso, y, cómo no, de entusiasta. Algunos de los libros que más amo son poemas: La Odisea, Rerum Natura, El Paraíso Perdido... Pienso que la mejor literatura y la mejor filosofía, la mejor ciencia, son siempre poesía, y, aunque no viene mucho a cuento y es mala cosa en alguien que escribe tener que explicarse, añadiré que, según lo veo yo, crear símbolos es un instinto de nuestra especie, algo natural entre humanos. No opongo naturaleza a cultura, sino que considero la cultura el distintivo de nuestra naturaleza. Paradójicos seres, cuya naturaleza desgaja de la naturaleza, del resto de naturaleza, donde ese proceso, irremediable para nosotros, carece de relevancia. En la lectura busco, fundamentalmente, el placer de sentir y pensar; que, a mi juicio, son lo mismo. La utilidad marcha a la zaga, y muy de lejos si no la acompaña el goce estético, inseparable, para bien y para mal, de la ética, esto es, la libertad. Por supuesto, cuando ambos se dan juntamente -y a menudo sucede- la recompensa se multiplica.
   Pero basta de preámbulos. Felizmente, es el caso. Al grano:

   El poema de José María Álvarez que, por estricto orden de antigüedad autoral, abre la aparición de LA GALLA CIENCIA, da buena fe de lo que viene a significar esta revista, más que una panorámica, una pequeña antología -y, de proseguir lo suficiente, cabe que una enciclopedia- de poesía contemporánea española.
   «Devórame, hija de la gran puta.» -dice el maestro en el primer verso de este poema arrasador, dando un salto que convierte el canto de la desolación que es Como la luz de la luna en un martini, pese a todo, en genuino vuelo épico. La vena mística (que yo quiero ver pagana) de Antonio Colinas se derrama a continuación, mirando a Levante, desde el aquí y ahora más extremadamente lúcido y compasivo, consciente. Acaso el de Colinas es uno de los más bellos poemas del volumen. Pero, ¿quién demonios querría uno solo de estos poemas sobre los otros? Con la excepción que se verá, se publica un solo trabajo de cada poeta. Las voces se suceden acompasadas sin más orden de prelación que el tiempo, coautor de la revista, que fluye de corrientes cada vez más jóvenes a medida que avanza, áspera en muchas ocasiones, como en el MONÓLOGO DE JOHN DILLINGER, ATRACADOR DE BANCOS, de Roger Wolfe, que me ha parecido el poema más crudo y desesperado, de un desgarramiento pavoroso, acaso atenuado sólo por su juego con la ficción.
   El catálogo de humanidades, la calidad y variedad de conjurados que se va desplegando a cada preciosa página, en cada una de estas sílabas impecablemente impresas en el papel con tipos Ibarra, sorprende tanto como se agradece. La sensación de equilibrio, altura y profundidad, es constante. Me resulta imposible ser objetivo. Leyendo me han asaltado un sinfín de emociones. Abruman la noble sinceridad y las múltiples resonancias de estos magníficos poetas. EL ARTE DE LA VIDA que canta Alfredo Rodríguez. Vivir la alegría de los dioses.
   Es poesía libre y altísima entregando dones a raudales.
   Una nota de angustia, narrativa, romántica, urbana, interviene puntualmente, atenta a las metamorfosis sociales de la época, triste, incluso nihilista, pero apaciguada por esas otras voces tendentes a la esencia, al lenguaje, más que a la anécdota personal. Y, sin embargo, el difícil equilibrio vibra de continuo, ambas vertientes están logradas en numerosos poemas. El denominador común más frecuente es la calidad, el placer que proporcionan al leerlos. Esto, unido a la singularidad de cada uno, constituye un alumbramiento excepcional. Hay equilibrio entre los temas, entre las diferentes sensibilidades, edades y tradiciones que expresan. Equilibrio entre alegría y dolor, entre la zozobra y la serena plenitud, entre mujeres y hombres. Lo femenino canta con rotundidad y maestría admirables, desprejuiciado, transmisor de sabiduría y luz, más luz. La iluminación es permanente. LA GALLA CIENCIA brilla, destella, relampaguea y canta sin cesar. Dice Raquel Lanseros que SIGUE DOLIENDO ESPAÑA y es verdad.
   Equilibrio, y, no obstante, atención al venero común de la poesía, como prueba la Addenda de traducciones. Quisiera nombrarlos a todos. Mira, lector, el índice y verás que exagero con motivo. Francisco Javier Irazoki, Santos Domínguez Ramos, Katy Parra, Antonio Lucas, Elena Medel... La juventud aporta paulatinos brotes de disidencia con discreción. Los jóvenes se muestran insólitamente modestos y prudentes. Los mayores se oyen claros, más duchos y ambiciosos en justicia, incisivos, certeros. Este viaje por distintas y tan varias edades, incluso permite intuir la aventura del poeta a lo largo de los años, desde las peripecias tempranas a la muerte inevitable. Como el tiempo, la muerte está presente en muchas de estas páginas. De Mariano Pascual de Riquelme, poeta cartagenero fallecido hace veinte años, se publican dos poemas, perfectamente acordes con el resto e igualmente inéditos.
   Nada sobra en el ánimo de LA GALLA CIENCIA, rebosante de valentía, de deseos y esfuerzos encaminados a una experiencia comprometida con el espíritu del mundo, con la libertad humana, el conocimiento, la memoria y la celebración de la belleza. Larga y propicia vida a LA GALLA CIENCIA.
    «AUM.»

martes, 18 de febrero de 2014

ESPERAR EL ECO

Esperar el eco
(desde El cementerio marino, de Paul Valéry)


J´attends l´echo de ma grandeur interne

Paul Valéry. El cementerio marino, VIII, 4.

  
   Leo por vez primera este poema de Paul Valéry, en la traducción de Jorge Guillén (Alianza Editorial, 1967), y termino sumido en un encantamiento como hace tiempo no sentía. Parco y extenso a la vez, paradójico, hondísimo poema. Se acaba admirando esa bóveda líquida con la que da inicio y concluye, viéndose ahí, en el fondo del mar, preguntando por el sentido de este mundo asombroso, pero extraño e incoherente, lamentándolo, herido por la contradicción, como el poema cuando, cerca del final, alude explícitamente a una de sus claves:

         ¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea! / Me has traspasado con la flecha alada / que vibra y vuela, pero nunca vuela.

   Dolido y, no obstante, celebrándolo, de tan repleto y desbordante de misterio al alcance del ojo, el oído, la mano, la experiencia.
   Inmediatamente, añade:
  
         ¡A revivir en la onda, corramos!

   En 24 sextetos rimados, Valéry expresa aquello para lo que la literatura parece existir, carente de respuesta definitiva, múltiple hasta el infinito, gozoso y frustrante, luminoso y aterrador.

   Para qué, pues, me pregunto, la grafomanía, esta profusión de textos y publicaciones, tanto ruido. Unas cuantas estrofas bien trabadas dirán siempre más, lo justo, lo que tiene que ser dicho y merece recuerdo. Aunque su humildad sea sólo aparente. Porque la espiguilla de versos de Valéry anhela nada menos que decir el mundo, y aun más: el lenguaje y lo indecible desde donde nadie lo dijo, desde donde no puede ser dicho; sin embargo, sus símbolos guardan enseñanzas tan valiosas como la escritura motorizada que nos invade, por calificarla parafraseando a Carl Schmitt. No conviene pasar por alto la sabiduría oscura y difícil que brindan libros como El cementerio marino. Rilke sería otro ejemplo. Es mejor que la literatura imite a los poetas, no a los juristas del tercer Reich.