sábado, 15 de noviembre de 2014

El cuerpo es alma de la prosa (Vicente Gallego lejos de las leyes de los hombres)

 
 
 
 
Hay que estar siempre embriagado. Todo consiste en eso: es la única cuestión.
Baudelaire
      
Ahora solo se trata de hacer recuento, abrir los ojos y ver que llevamos toda una vida apencando de balde.1
Vicente Gallego
 
 
   Una de esas curiosidades de la historia hizo que Heráclito y Lao-Tse fueran contemporáneos. Estando a tanta distancia, ambos se interrogaron al mismo tiempo sobre la pugna sempiterna entre contrarios. Con tal concisión y tan certeros que aún son contemporáneos nuestros, hasta el punto de que hoy es posible pasarse la vida becado descifrando una sola de sus líneas. Imaginad que se hubieran conocido. No eran poetas ni filósofos profesionales, no eran grafómanos. Y, sin embargo, eran filósofos, y eran poetas, (al caso es igual), o, para ser más precisos, eran, como diría Giorgio Colli, sabios terribles.
   Tales, y odres cercanos, son de los que ha bebido a copiosos tragos Vicente Gallego con provecho, paladeando a fondo cada sorbo, explorando el universo en cada gota, la mar y las estrellas en cada grano de centeno, espacios siderales en los poros de la piel. Aunando Levante y Occidente, Grecia y China; las arduas abstracciones de las especulaciones metafísicas y las impresiones ingenuas que surgen contemplando el mundo a simple vista; las sencillas formas de la vida que permanecen cambiando, habitándolo con fortuna impar desde la noche de los tiempos.
   Vivir el cuerpo de la realidad hilvana un discurso donde ese juego especular se presenta sin prejuicios. La palabra no se atiene a un género concreto, va desgranándose en ideas y conceptos -cabalmente científicos incluso- por la vía (Tao) del lenguaje poético. Como agua que mana del deshielo.
   Para el poeta -y de esto trata también Cuaderno de brotes2- , “el adjetivo “simple” es el príncipe de los epítetos”3. A años luz del cinismo imperante, de buena fe, sin ánimo de imponerse, trata de resolver las contradicciones, tal y como hace el verdadero ser, y no sólo entre los hombres, sino entre los hombres y los seres del mundo. Claro que la acción se limita a alcances, acercamientos, puesto que “esta agua no puede contenerla por entero el recipiente de la palabra”4, porque la palabra “puede ser muy hermosa, y el verdadero conocimiento no va contra la palabra, sino contra la instrumentalización que hace de ella el egoísmo para defender sus ínfulas separatistas”5, pero la palabra no pretende “decir la verdad -disecarla y falsearla- sino evocar la viveza de sus aromas”6. Afirma. Como en el verso de Miguel Ángel Velasco que corresponde La tormenta en el monte7, “todo asiente, entregado a una oscura obediencia”8.
   El escepticismo, sin embargo, es constante. Se trata, repitámoslo, de conocimiento, de ciencia, de un tratado epistemológico, de ontología. Es inevitable sospechar del lenguaje y del «egoísmo separatista» del yo; el primero, destartalado aunque en ocasiones hermoso vehículo de un viaje sin fin, nunca llega; y el segundo se convierte en impostura si no abre las puertas “a nuestra común interioridad, justamente allí donde interior y exterior se revelan como una sola evidencia, la de la ubicua naturaleza humana”9.
   ¿Qué más dios hace falta? No hace falta Dios. Basta el cuerpo, el aliento: “si existe algo a lo que podamos llamar real, ese algo debe hacerse presente de inmediato y por doquier a la mirada atenta, simple. Por tanto, sostenemos que este cuerpo frágil y animoso de los días laborales10, bien hallado, hondamente sentido y reconocido, no está separado de ninguna manera de la totalidad manifiesta, carece de límites por sus cuatro costados y es la expresión inmaculada del ser absoluto (…) perpleja profundidad que hace uno de espíritu y epidermis”11.
   “Nadie sabe lo que puede un cuerpo” (Hölderlin).
   En realidad tendrían que escribirse muchos libros para comentar éste, fruto todos de una misma corriente del discurso sin más autor que el lenguaje verdadero. Intentaré, no obstante, seguir. Si prefieres elegir, lector, tu propia aventura, abandona sin culpa ahora mis torpezas y vete a él, escribe tu comento, mira el mundo, vé, que, “como dijo el poeta verdadero: “ni aun el cuerpo resiste tanta resurrección""12.
   Vivir el cuerpo de la realidad es un ensayo literario, moral, filosófico y científico; es poema en su decir abierto y limpio; y el relato de un hombre que ha salido al campo, lejos de la ciudad, y abraza la leña de los árboles con que se calienta en las gélidas noches de invierno, mientras afuera truena y aúlla el viento y siente crecerle inmensa la gratitud.
   Siempre enseña leer los ensayos de los poetas. Es ejemplo canónico de ello Juan de Mairena, y está presente aquí. Cuando, como éstos, el ensayo muestra, demuestra, se niega, indaga más allá de sí, y, sobrepujando la belleza de su propia escritura en cada oración, al cabo, afirma, la respuesta no puede menos de sobrecoger al lector. Ensayos así son libros raros. Ni siquiera los grandes poetas son capaces de escribirlos a menudo.
   Paradójicamente, retirado en el monte, el poeta no está solo. Su “mirada lunática, la que no se deja atrapar”13, le dice “que ver el dedo, la luna y la mirada como una sola cosa es estar libre de todas y pasar la noche al raso felizmente”14.
   Pero la verdad ahonda en el escepticismo. Amén del lenguaje y del yo, la mente, esta construcción intelectual de abstracciones que nos es común, resulta igualmente débil, escasa, una tentativa vana de reducir a signos la omnipresencia de lo real; tentativa asimismo inevitable, (de momento), pero infinitamente inacabada, cuando no cerrada o, por mejor decir, cerrada las más de las veces, sorda al habla clara de la lluvia, y, que, finalmente, ha levantado, como decía Jean Améry, la mano contra sí misma, destruyendo la belleza de la faz del planeta, exprimiéndolo con el único fin de saciar estúpidamente instintos que no puede comprender, embarcada en la descomunal locura de dominar cuanto encuentra, insegura, llena de dudas y miedo por culpa de la muerte, -su muertecita, como decía Gª Calvo-, anonadada.
   Termino aquí dejando La ofrenda del fuego, poema que me ha traído vivo a la memoria Piña de lumbre, de Miguel Ángel Velasco, el cual, a su vez, rememoraba a Claudio Rodríguez...
   La poesía es un sindiós sinfín...
   Alquimia ha de ser, como dice Alfredo Rodríguez.

 
LA OFRENDA DEL FUEGO15

Le di una piña al fuego, no me quedaba ya otra cosa que quemar. La recibió con ansia. Silbaba de contento a su alrededor, la lamía, se la fue anexionando muy despacio, la empujaba de una parte a otra de sus dominios, soplaba entre sus aleros. Y ella empezó a ablandarse y a rendirle su propio ser. No era aún del todo suya cuando, de pronto, una de sus apasionadas caricias la hizo crujir y dar un salto explosivo. Cayó a mis pies. Me la estaba devolviendo. Se la tuve que aceptar, aquella rosa mía incandescente.





Postdata: El número DOS de La Galla Ciencia incluye un poema de Vicente Gallego, CANTO III, dedicado a Octubre, que poco y todo tiene que ver con lo antedicho. (Revista de Poesía La Galla Ciencia, número DOS, Murcia, Octubre 2014, págs. 62-63). 










Notas:


1 Salvo mención distinta al respecto, las citas están extraídas de Vivir el cuerpo de la realidad. Los tres alcances del abrazo sincero. Vicente Gallego. Editorial Kairós, Barcelona, 2014. En este caso, pág. 45.

2 Cuaderno de brotes. Vicente Gallego. Pre-Textos, Valencia, 2014. Poemario de lectura diversa a la de este ensayo, pero complementario suyo. Como declara su título, constituye una suerte de cuaderno de campo o de trabajo, -paralelo (y transversal) a Vivir el cuerpo de la realidad-, en el cual la belleza se manifiesta ahora como vivo afluente de poemas en prosa que nombra la naturaleza desnuda.

3 Pág. 15.

4 Pág. 12.

5 Ídem.

6 Pág. 13.

7 Cuaderno de brotes. Vicente Gallego. Pre-Textos, Valencia, 2014. Pág 55.

8 La miel salvaje. Miguel Ángel Velasco. Visor Libros, Madrid, 2003. Pág. 51.

9 Pág. 24.

10 Las itálicas son mías.

11 Págs. 25-26.

12 Pág. 27.

13 Pág. 33.

14 Ídem.

15 Vicente Gallego, ob. cit., pág. 37.





 
 
 


domingo, 19 de octubre de 2014

Charris: pintura y literatura


Papa wasn´t here. Oleo sobre lienzo. 150 x 150 cm.
 
   A la pintura puede sucederle de manera similar a la literatura, que no necesita tanto críticos o escritores como lectores ávidos de una experiencia esencialmente hedonista del arte. Vista así, esta exposición es un festín para cualquier aficionado, un acontecimiento digno de celebrar entre los rigores históricos de nuestros días. Charris pinta aquí libros y escritores con una mirada libre y gozosa, y sin embargo perpleja ante la omnipresencia múltiple de misterios. En Papa wasn´t here, Hemingway aparece donde, cosa insólita, no se le recuerda como reclamo turístico, escribiendo en Hawaii ante dos fantasmales totems de piedra, en un paisaje refulgente de luz y serenidad. Y Galdós, en El sueño de Godoy, un retrato surrealista de Stendhal.
   Hay un estudio exhaustivo del color. Los azules eléctricos que comparten El corazón de las tinieblas y Zweig y Roth en Ostende, los celestes de Galdós y Hemingway (y, en los totems de éste, interpelados por los marrones de El corazón de las tinieblas), sonando al unísono con la iluminación ocre y pastel, más clara y leve, de Al final de la escapada (inspirado en Somerset Maughan), así como del rostro de Hemingway en Papa wasn´t here -donde ocurre ese Algo inquietante de la pintura que la fotografía no refleja y sólo el ojo puede ver- y de los rojos dedicados a Dickens y Grandes esperanzas que pintó junto a El corazón de las tinieblas de Conrad para Galaxia Gutenberg, traslucen pinceladas sutiles y precisas, aparentes dibujos que en realidad añaden el brío policromático e intraducible de la pintura.
 
El sueño de Godoy. Oleo sobre lienzo. 92 x 65 cm.
Lieder II. Oleo sobre papel. 30 x 23 cm.
Zweig y Roth en Ostende. Oleo sobre lienzo. 100x 195 cm.
El corazón de las tinieblas. Acrílico y óleo sobre papel. 99 x 139 cm.

   Los temas, las situaciones imaginadas, manifiestan gratitud y admiración por los placeres y vivencias hallados en los libros. Charris, naturalmente, también es escritor. A mi juicio, en Textos por catálogo, El arte y todo lo demás*, jugando con más desenfado que al pintar, narra, de manera sui generis, sus vicisitudes como artista. Sus cuentecillos, como los llama, son sumamente curiosos, divertidísimos. Un raro veneno se adentra en los estados de conciencia alterados por la exposición a ciertos compuestos químicos; Historias de playa cuenta con brevedad y sencillez la fábula de un tiburón extraordinario; El vecino de Ed** constituye un homenaje clarividente, autoirónico, a Hopper; otros escritos evocan a Dalí y las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, a Van Gogh y a Enzensberger... Charris juega con las palabras, las pinta. Cita, cita mucho, como José María Álvarez, otro de los conjurados. Los tres grandes retratos que dedica al poeta lo contemplan con calma en Estambul, en Venecia, y lo interrogan en el desierto de Wadi Rum, con Ezra Pound al fondo sentado en una barca varada.
 
 
José Mª Álvarez en el desierto de Wadi Rum, con Ezra Pound al fondo. Óleo sobre papel. 46 x 100 cm.

Bodegón español. Oleo sobre lienzo. 92 x 65 cm.

   Mediante la literatura, Charris viaja por lugares exóticos, plagados de aventuras, romántico, onírico, barroco. Las cerámicas de Bodegón español dejan sentir a Juan Ruíz, Lázaro de Tormes, Celestina, Cervantes y Quevedo, un suelo de símbolos tan fértiles como el del viaje físico o el de la materia, la forma y los colores, que cuentan cada uno con sus signos, códigos y conceptos, para que el lector, el escritor, el pintor y el viajero se liberen entre sí, se permitan unos a otros explorar zonas del conocimiento, la expresión y el placer, -que es de lo que se trata-, a las que por sí solos no accederían, donde lo lúdico o incluso lo cómico dan paso a una indagación metafísica que enfrenta la soledad, la extrañeza y la infinita imaginación humanas a una naturaleza caótica, acaso igualmente imaginaria y, no obstante, sin culpa.
   Me pregunto si hay muchos Charris o Charris es quien los crea.
   A veces trabaja a través de heterónimos. En su taller, me enseñó a un pintor que se ocupa de asuntos muy distintos, cuyo estilo omite referencias literarias, aunque no al viaje y a paisajes escasamente convencionales.
   Pero lo que mi torpeza no alcanza a explicar, él mismo lo dice espléndidamente en este poema:

   Nadie lee los textos de los catálogos.
   Algún amigo, algún comprador entusiasta,
   estudiantes, enemigos fervorosos,
   poco más.

   Nadie lee los textos de los catálogos.
   A pesar de lo cual, los artistas nos seguimos empeñando en
   reclamarlos a eruditos, críticos, amigos de verbo fácil...
   o en escribirlos por cuenta propia.
   Nos gustan esas páginas al principio
   de nuestro inventario:
   sueños y patrañas desveladas,
   interpretaciones esquivas,
   un esmoquin o un traje con que tapar nuestras vergüenzas.

   Pero nadie lee estos textos.
   Nadie espera un puñetazo o un zarandeo,
   sólo un murmullo más o menos digerible,
   relleno y pátina, salvavidas,
   quitamiedos de carretera de montaña.

   Si los días fueran siempre igual de intensos,
   éste sería mi último texto-guarnición.
   Escondería alguna joya para el postre
   -por si alguien lee el final-
   y dejaría que las imágenes hablasen
   o que callasen para siempre.***


Charris. Queridos libros.
Galería La Aurora. Plaza de la Aurora, 7, Murcia.


* Ángel Mateo Charris. Instituto Valenciano de Arte Moderno, Valencia, 1999.
** Ídem. Mestizo, Murcia, 1997.
*** Tubabus en Tongorongo. La Mar de Músicas. Cartagena, 2001, págs. 65-66.


Al final de la escapada. Oleo sobre lienzo. 100 x 195 cm.


Grandes esperanzas. Oleo sobre papel. 65 x 50 cm.
 
Retrato de Dickens. Acrílico y óleo sobre lienzo. 65 x 50 cm.

martes, 7 de octubre de 2014

Ahí y entonces


El Escritor. Javier Gª Herrero


"Nada observaba una expresión unívoca. La realidad se componía de misteriosas combinaciones y mis sentidos sólo alcanzaban a aprehender, arbitrariamente, un segmento ínfimo del torbellino. Uno podía, como Cortázar, evitar explicaciones y recrearse en esa magia, pero hacía falta una imaginación portentosa, de la cual yo no estaba dotado. La fantasía desplegada en Casa tomada, La autopista del sur, y La noche boca arriba, estaba fuera de mi alcance. A lo sumo, comprendía al protagonista de Una flor amarilla, pues no pocas veces me ocurría que el menor detalle, aparentemente fútil, efímero, me abría un acceso a estratos de la cotidianidad cuya profundidad aumentaba a medida que penetraba, amenazando con cancelar la puerta de regreso y pulverizarme a fuerza de fascinación. Aquellos relatos, que leí en la edición preparada por el propio Cortázar en cuatro volúmenes antes de morir, me dejaron una gruesa cicatriz. Ritos, Juegos, Pasajes y Ahí y ahora, más que títulos, conformaban la secuencia donde se reflejaba mi devenir. Sueños y pesadillas cuya resolución, tantas veces abrupta, no destapaba una racionalidad postergada, pero sí permitía mi comprensión como lector, suscitándome una interpretación metafórica que quizá no fuese ordenada, ni coherente, y que sin embargo me parecía realista."


Pantanosa, págs. 99-100.



sábado, 4 de octubre de 2014

Un poema de Marina Tsvietáieva






Libertad salvaje

Me gustan los juegos en que todos
son arrogantes y malignos,
en que son tigres y águilas
los enemigos.

Que cante una voz altiva:
“Aquí, muerte, allí - ¡presidio!”
¡Luche la noche conmigo,
la noche misma!

Volando voy – tras de mi van las fieras;
y con el lazo en las manos yo me río...
¡Ojalá la tormenta
me haga añicos!

¡Que sean héroes los enemigos!
¡Acabe en guerra el convite!
Que sólo quedemos dos:
¡El mundo y yo!


Marina Tsvietáieva
(1909-1912)


* Traducción de Lola Díaz y Severo Sarduy. Para la versión en cirílico, remito a la edición bilingüe publicada por Ediciones Hiperión en 1996.










viernes, 26 de septiembre de 2014

Acropolítica de las Iluminaciones


Traigo aquí estas cinco Iluminaciones de Rimbaud, en la traducción de Julia Escobar publicada por Alianza Editorial el año 2001. Nunca he dejado de leer sorprendido a Rimbaud, pero estos poemas, que ya atraparan mi atención desde las primeras veces, no cesan de revelar a cada nueva lectura más estratos de sentido. Su vigencia creciente me provoca un pasmo que es júbilo y horror al mismo tiempo. La línea que separa al poeta del profeta se me estrecha hasta tal punto que ya no sé si falta o sobra alguna letra, y no sé si eso me gusta. Estos cinco relámpagos parecen ir a detonar el estallido de la realidad en cualquier momento, de manera que tampoco sabe uno si lo que dicen es motivo de esperanza o de miedo, acaso porque lo es de ambos. Luego, ninguno de los dos merecen, sino eso otro nuestro, absolutamente.



Ciudad

  Soy un efímero y no muy descuidado ciudadano de una metrópoli considerada moderna porque se ha evitado cualquier gusto conocido en el mobiliario y en el exterior de las casas, así como en el plano de la ciudad. Aquí no encontraríais rastros de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua están ¡por fin! reducidas a su más simple expresión. Estos millones de personas, que no necesitan conocerse, llevan tan parejamente la educación, el oficio y la vejez, que el curso de su vida debe de ser varias veces menos largo de lo que una loca estadística atribuye a los pueblos de continente. Asimismo, desde mi ventana, veo espectros nuevos avanzando entre la espesa y eterna humareda de carbón -¡nuestra sombra de los bosques, nuestra noche de verano!-, Erinias nuevas ante mi cottage, que es mi patria y todo mi corazón puesto que todo aquí se parece a esto, la Muerte sin llantos, nuestra activa hija y criada, un Amor desesperado, y un bonito Crimen piando en el lodo de la calle. 



Ciudades

  ¡Son ciudades! ¡Estos Alleghanys y estos Líbanos de ensueño se alzaron para un pueblo! Chalés de cristal y de madera que se mueven sobre raíles y poleas invisibles. Los viejos cráteres, cercados de colosos y de palmeras de cobre, rugen melodiosamente entre las llamas. Fiestas amorosas suenan sobre los canales colgados detrás de los chalés. El chasquido de los carillones resuena en los desfiladeros. Corporaciones de cantores gigantes acuden con ropas y oriflamas resplandecientes como la luz de las cumbres. Sobre las plataformas, en medio de los precipicios, los Roldanes proclaman su bravura. Sobre las pasarelas del abismo y los tejados de las posadas, el ardor del cielo engalana los mástiles. El hundimiento de las apoteosis se une a los campos de las alturas, donde las centauras seráficas se mueven entre los aludes. Por encima del nivel de las más altas cumbres, un mar trastornado por el eterno nacimiento de Venus, cargado de olas orfeónicas y del rumor de las perlas y las conchas preciosas, el mar, a veces se oscurece con destellos mortales. En las vertientes mugen cosechas de flores tan grandes como nuestras armas y nuestras copas. Cortejos de Mabs, con vestidos rojizos, opalinos, suben de las cortadas. Allá arriba, con las patas en la cascada y las zarzas, los ciervos maman de Diana. Las Bacantes de los suburbios sollozan y la luna arde y aúlla. Venus entra en las cavernas de los herreros y los ermitaños. Grupos de campanas celebran las ideas de los pueblos. Una música desconocida surge de castillos construidos en hueso. Todas las leyendas circulan y los impulsos se precipitan en los burgos. El paraíso de las tormentas se desmorona. Los salvajes bailan sin cesar la fiesta de la noche. Y por unos momentos descendí al bullicio de un bulevar de Bagdad, donde unas compañías celebraron la alegría del nuevo trabajo, bajo una brisa espesa, circulando sin poder eludir los fabulosos fantasmas de los montes, donde debimos encontrarnos.
  ¿Qué bondadosos brazos, qué hora afortunada me devolverán esa región de donde vienen mis sueños y mis menores movimientos?



Ciudades

  La Acrópolis oficial extrema los más colosales conceptos de la barbarie moderna. Imposible expresar la luz mate producida por ese cielo inamoviblemente gris, el resplandor imperial de los edificios, y la nieve eterna del suelo. Se han reproducido con un gusto de enormidad singular todas las maravillas clásicas de la arquitectura. Asisto a exposiciones de pintura en locales veinte veces más amplios que Hampton Court. ¡Qué pintura! Un Nabucodonosor noruego ha construido las escaleras de los ministerios; los subalternos que pude ver son ya más arrogantes que unos *** y temblé ante el aspecto de los guardianes de colosos y de los maestros de obras. La agrupación de los edificios en plazas, patios y terrazas cerradas ha expulsado a los cocheros. Los parques representan la naturaleza primitiva trabajada por un arte soberbio. El barrio alto tiene partes inexplicables: un brazo de mar, sin barcos, despliega su manto de granito azul entre muelles cargados de candelabros gigantes. Un corto puente conduce a una poterna justo debajo de la cúpula de Sainte-Chapelle. Esta cúpula es una armadura de acero artístico de unos quince mil pies de diámetro.
  ¡En algunos puntos de las pasarelas de cobre, de las plataformas, de las escaleras que circundan las lonjas y los pilares, creí poder juzgar la profundidad de la ciudad! Hay un prodigio que no pude percibir: ¿en qué niveles están los otros barrios, encima o debajo de la acrópolis? Para el forastero actual es imposible apreciarlo. El barrio comercial es una plaza de un solo estilo, con galerías porticadas. No se ven tiendas, pero la nieve de la calzada está aplastada; algunos nababs, tan escasos como los paseantes de una mañana de domingo en Londres, caminan hacia una diligencia de diamantes. Hay divanes de terciopelo rojo: se sirven bebidas polares cuyo precio oscila entre ochocientas y ocho mil rupias. Al pensar en buscar teatros en esa plaza me digo que las tiendas deben de esconder dramas bastante sombríos. Supongo que hay una policía. Pero la ley debe de ser tan extraña, que renuncio a imaginarme a los aventureros de aquí.
  El suburbio, tan elegante como una bonita calle de París, está favorecido por un toque de luz. El elemento democrático se compone de unos cientos de almas. Tampoco allí las cosas van seguidas; el suburbio se pierde extrañamente en el campo, el  "Condado", que llena el occidente eterno de los bosques y de las plantaciones prodigiosas donde los hidalgos salvajes cazan sus crónicas bajo la luz que alguien creó.



Metropolitano

  Desde el estrecho de índigo a los mares de Ossian, sobre la arena rosa y naranja que el cielo vinoso lavó, acaban de subir y de cruzarse bulevares de cristal al punto habitados por jóvenes familias pobres que se alimentan en las fruterías. Ninguna riqueza. ¡La ciudad!
  A la desbandada, huyen del desierto de asfalto con las capas de bruma escalonadas en franjas horrendas hasta el cielo que se repliega, retrocede y desciende, formado por la más siniestra humareda negra que pueda engendrar el Océano enlutado, los cascos, las ruedas, las barcas, las grupas. ¡La batalla!
  Levanta la cabeza: ese puente de madera, arqueado; los últimos huertos de Samaria; esas máscaras coloreadas bajo el farol azotado por la noche fría; la necia ondina de ropaje ruidoso, en la parte baja del río; esos cráneos luminosos en las plantaciones de guisantes y demás fantasmagorías, el campo.
  Caminos bordeados de rejas y de tapias, que a duras penas aguantaban sus jardincillos, y las atroces flores que se podrían llamar corazones o hermanas; Damasco hiriente de languidez, posesiones de quiméricas aristocracias ultrarrenanas, japonesas, guaraníes, todavía capaces de acoger la música de los antiguos –y hay posadas cerradas para siempre jamás- hay princesas, y si no estás demasiado abrumado, el estudio de los astros, el cielo.
  La mañana en la que con Ella luchasteis entre los destellos de nieve, los labios verdes, los hielos, las banderas negras y los rayos azules, y los perfumes púrpuras del sol de los polos, tu fuerza.



Democracia

  -La bandera se dirige al paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga al tambor.
  Alimentaremos la más cínica prostitución en los centros. Aplastaremos las revueltas lógicas.
  ¡A los países picantes y empapados! Al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares.
  Adiós aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz; ignorantes para la ciencia, curtidos para el bienestar; que estalle el mundo que viene. Es la auténtica marcha. ¡En ruta y adelante!



sábado, 13 de septiembre de 2014

Propiedad, naturaleza



«Pues la verdadera democracia consiste en ver en cada silla un trono». Esta frase de Chesterton explica que a algunos que lo tenemos en gran estima como autor, nos suenen ciertas alabanzas que otros le hacen a ruido de cañerías, por ejemplo cuando Juan Manuel De Prada se empeña en esgrimir sus juicios –los de Chesterton- para defender causas quizá más propias de un abogado como Lèon Bloy, el cual, sin embargo, parece no existir siquiera en la a buen seguro nutrida biblioteca del Señor De Prada.

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En Shakespeare nunca lo hizo, Bukowski dice que un hombre tiene que vivir con muchas mujeres antes de encontrar la suya, si es que la encuentra. Dice que él tardó 56 años en encontrar a Linda Lee, y que le valió la felicidad, porque Linda Lee era su mujer. Se inclina por que es cuestión de suerte, una especie de fatum amoroso que, si sucede, lo hace cuando un hombre, después de vivir con varias mujeres, ha aprendido lo necesario.

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Todo es juego, pero juegan frívolos, trágicos, tragicómicos, esperpénticos, corruptos... Aquí juega todo dios y «escribe, literalmente, hasta el apuntador», como dice Roger Wolfe, de modo que no hay quien se libre. Porque el juego es trágico, y no saber ni querer jugarlo, empeñados como estamos en mandar, el atavismo más ruinoso que arrastramos como especie.

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Contra la preeminencia de lo verbal sobre lo sustantivo en el lenguaje.- El uso del participio como adjetivo desvela que el epíteto implica ya verbalidad, un modo de acción. Pero las sustancias, como dice Heráclito, permanecen cambiando. De manera que no puede sostenerse jerarquía alguna entre las cosas y su devenir. Las sustancias son libres o no son. Y la cosa del lenguaje, que es cosa por ser acción, «lo que habla», como dice Gª Calvo, sólo se cumple en el concurso vario de sustantivos, verbos, adverbios, complementos y adjetivos. 

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Largueza del arte y cortedad de la vida.- El arte es tan largo que hace eterno cada instante vivido en pos suyo, ese tiempo humano fracasado, que no alcanza nunca a morir con la tarea concluida y, sin embargo, persiste obstinadamente en ella, a sabiendas de su destino fugaz.

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Propiedad, naturaleza.- Metafísica de religión y paganismo practicante.

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He preferido ser despreciado por borracho y tomado por loco, incluso enloquecer de amor, a cometer las villanías que nuestro tiempo exige para elevar a alguien a hombre prominente.

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Ética de la abyección.- Baja condición ser mal padre de los propios hijos, pero si a la vez se es mal padrastro de los ajenos, y permanecen la soberbia intacta, la buena conciencia hipócrita en la sumisión tramposa, el incansable dedo acusador sobre las espaldas de otros y el proselitismo de un coro con que condenar a los culpables, entonces no actúa sino el fútil tormento del inquisidor.

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Tachar casi siempre mejora lo escrito.

lunes, 21 de julio de 2014

Pulsión del barroco (sobre "Luz mordiente" de Pedro Noguera)





El paisaje, el clima y las costumbres de un lugar intervienen a menudo con huellas decisivas en las artes que surgen de él. En el caso de Murcia, salta a la vista que predomina el barroco. Valga la paradoja, aquí el barroco se da naturalmente, como un veneno inoculado generación tras generación en la mentalidad de las gentes, propensas a acumular los más heterogéneos elementos a fin de eludir, no ya el vacío, sino cualquier hueco o silencio susceptible de irrumpir en la realidad, por minúsculo que sea. En tales condiciones, los artistas se ven desafiados por un peligro doble. De un lado, el de llevar demasiado lejos su impulso innato de recargar la obra, sin percatarse de que esa desbordante profusión quizá resulta innecesaria para dotarla de libertad o autenticidad y al cabo puede convertirse en un lastre pesadísimo; y, de otro, cuando pretenden sustraerse a esa influencia, el de asfixiar mortalmente su arte, privándolo del aire que le es propio y natural. El barroco no es obligatorio, antes al contrario, pero hacer caso omiso al peso que, se quiera o no, tiene en determinadas latitudes, sólo con mucha dificultad conducirá a alumbramientos felices.

Se argumenta contra el barroco por sus excesos, insoportables para ciertas sensibilidades, seguramente con motivo, y hay multitud de ejemplos que lo justifican. Pero también sucede que en ocasiones brinda obras inolvidables, capaces de incendiar el corazón más gélido, comparables a las más excelsas. No en vano, Burckhardt afirmó que todo gran arte es barroco en el fondo. El barroco es un juego exuberante que intenta decir lo infinito, y por eso entraña una exigencia superior, puesto que su desmedida ambición se ve lógicamente frustrada las más de las veces, incluso de manera lamentable.

Pedro Noguera se ha empapado de esa tradición y es consciente de su fuerza. Aparte de estudiar en la universidad, visitar museos y frecuentar a artistas de distintas generaciones, se ha educado en el taller de su familia, restaurando, pintando y esculpiendo imágenes y tronos para las procesiones de Semana Santa. En el taller, ha asimilado las antiguas, complejas y delicadas técnicas que emplea en su trabajo: la estofa, el temple y el mordiente. Como un alquimista, busca mediante los metales preciosos resaltar la espiritualidad de la materia, el misterio que encierra hasta el más viejo y humilde palo hallado en un solar después de una tarde pintando graffitis. A la hora de abordar algunos proyectos, en sus primeros pasos tiene bastante de trapero, siempre alerta a los escombros que pueda reutilizar de los descampados, y a los muebles y enseres rotos tirados junto a los contenedores de basura1. Como Ángel Haro, que partió de una premisa similar para su Folitraque y por cuya labor Pedro siente especial curiosidad, ha reciclado objetos abandonados y restos sobrantes de los menesteres del taller: telas, tablones, tallas, varas, molduras y demás materiales hábiles para armar volúmenes y superficies, rescatando la memoria que albergan esos pecios aparentemente inútiles o fallidos, los relatos que todavía pueden contar, incorporándolos en la pieza de mayor tamaño de esta exposición, cuya estructura, no por casualidad, remite a una cruz.



                                      
         


Esa acumulación un tanto salvaje y caótica, fruto en parte del azar pero asimismo de un concienzudo ensamblaje, es sometida en los cuadros propiamente dichos a una especie de reelaboración -de domesticación, por así decir, de doma- a través de la pintura. La estofa, mezclada sobre el lienzo y la madera con pigmentos azul, rojo, verde, morado o el negro del bol, aparece como despojamiento o destilación, "toma de pulso" -dice Pedro, del aprendizaje adquirido. De hecho, en su fase última, el esgrafiado, la estofa consiste en una retirada o desnudamiento de materiales que permite la aparición deslumbrante de la plata. El fulgor barroco continúa presente, pero de forma mucho más sutil, como entramado de matices diminutos e incontables dispuesto sin estridencias ni sobresaltos sobre la tela o el retablo, donde la mirada puede posarse y descansar sin privarse por ello de una ilimitada riqueza de detalles. El resultado transmite las enseñanzas del barroco depuradas, creando composiciones donde brillos, sombras y relieves de extrema fineza se equilibran e iluminan esta o aquella zona del plano, combinados de manera análoga a las notas musicales en una partitura.

Entre el artesano de taller y el graffitero furtivo, se impone, inevitable, el triunfo del pintor, una vocación en lucha permanente con la multiplicidad que le rodea y, sin embargo, fiel a sí misma, al mundo del que viene y donde se desenvuelve, demasiadas veces mero y mudo horror vacui en lugar de barroco.


1 En Contened´or (2008), transmutó simbólicamente la mierda en oro, aplicando pan de oro sobre un contenedor de basura.













Luz mordiente, de Pedro Noguera. Espacio Pático (S. Lorenzo, 5, Murcia, hasta el 31 de julio)

http://www.pedro-noguera.com/

Fotografías de Joaquín Clares



viernes, 23 de mayo de 2014

Literatura política


   Llama la atención, y es digno de celebrar, la pujanza que está adquiriendo la política como tema literario. Quizá no sorprenda tanto este resurgimiento como su ensordecedora ausencia durante las últimas décadas, y cabe preguntarse si es la literatura la que entra en política o al revés, la política en literatura. Pero es evidente que ambas se encuentran una vez más hermanadas, y hay en ello tanto un riesgo para literatura y política como una oportunidad.
   En cualquier caso, la coyuntura es interesante, y sin duda oportuno que cada cual se plantee el modo idóneo de afrontar el reto, puesto que difícilmente -a excepción de en la mística- la literatura puede sustraerse a la política1. Como toda expresión humana, la literatura, directa o indirectamente, tendrá siempre una dimensión política. Quien pretenda negarlo se sitúa en una posición comparable a la de Franco, que aconsejaba seguir su ejemplo y no meterse en política entretanto daba rienda suelta a su crueldad e ignorancia como dictador. Más valdría aceptar la maldición aristotélica de nuestra inevitable naturaleza social, porque mientras la especie no mute, la definición humana del Estagirita seguirá ahí, por incómodo y paradójico que resulte sentir tan vivo a un filósofo tan antiguo.
   Pero retrocedamos un momento. Según lo veo yo, la ausencia de la política en la penúltima literatura, fue sólo aparente, es decir, que no obedecía tanto a que la literatura no se metiera en política como a que la política se había metido en la literatura hasta tal punto que ésta ya no hablaba de aquella. Sin embargo, aun desterrada, la política operaba en la literatura, inconscientemente. La respuesta actual a esa situación, parece un poco lo mismo en sentido contrario, esto es, que la política vuelve a inmiscuirse en la literatura, pero esta vez de manera explícita, abiertamente beligerante, acaso con la misma torpeza que cuando huyó.
   Por supuesto, generalizo. Excepciones, como siempre, hubo; y había y hay también un resto de la anterior deriva romántica, donde la literatura constituye una herramienta al servicio de las ideologías, ora de izquierdas, ora de derechas. Por eso conviene mantener ágil la guardia. Corremos el riesgo de que sucedan escenas semejantes a las presenciadas durante las asambleas del 15M, donde los mismos que aseguraban haber estado ciegos como personajes de Saramago, pero haber despertado y caído al fin en la cuenta de la farsa que constituyen las democracias representativas, se mostraban, sin embargo, impermeables a cualquier sugerencia y, de la noche a la mañana, sabían, con una certeza total (que, a mi, personalmente, me asustó), lo que debía hacerse para gestionar lo común, terreno del cual jamás se habían preocupado y que, a la vista de sus denodados esfuerzos por controlar, indefectiblemente, no parecía reconocieran todavía. La literatura, a la que se le supone un carácter más reflexivo, más urbano, que al campismo, no debería correr peligros parejos, y, no obstante, uno empieza a leer textos de una vehemencia que no cabía esperar en quienes hace apenas un lustro practicaban la risa totalitaria y arcana, solían preocuparse de colorines y nubes, obedientes, formales, y celebraban envanecidos el nuevo orden tecnológico, a la búsqueda de adulación y pingües remuneraciones. O callaban, aprovechándose, estrategas conscientes del desaguisado, y pretenden ahora dar lecciones, ya digo, vehementemente. Como Antonio Muñoz Molina, a la sazón de la fiesta, narrador estatal, de lusitana aburrición, señor del Cervantes y premiado principalesco. Hoy ético flamante. Y su señora, la madre trascendental de Manolito, una Hanna Arendt... En fin, a estas cosas me refiero.
   Y si no, los a sí mismos llamados perdedores. Aferrados siempre a fes de alguna clase. Que mantienen lo más rancio como única opción, señalando por doquier enemigos2, amenazantes, urgiendo a escoger bando, a tomar partido. Incapaces de entender que el único partido pueda ser el propio, es decir, uno, que está roto en mil pedazos después de aguantar, tachado de loco, denunciando la explotación, la miseria moral, la prostitución del lenguaje, el robo a todas luces consentido y apoyado, la alienación, ¡psiquiatrizado!, ¡delirante!, venga a citar los infinitos libros imprescindibles; y que tenga pereza ahora, que no se fíe, que prefiera seguir, como siempre, su propio y jodidamente difícil camino. Porque es jodido el camino, aunque no haya; la fe parece que alivia, pero en el fondo lo vuelve un infierno. Derecha e izquierda han demostrado su inutilidad; para mantenerse en el poder, ya sólo mienten; y el enemigo es una figura nefasta. El jurista nazi Carl Schmitt es quien más aguda y profundamente examina (y promueve) la dialéctica amigo-enemigo, que se da por asumida como dogma a menudo, como si no hubiera otros modos de pensar la política, cuando masa y poder, por ejemplo, o la geometría fractal, ofrecen una visión más ajustada a la situación, en el planeta como el municipio. Esa lucidez permitiría actuar con más acierto. La literatura lleva demasiado tiempo indagando y mostrando la política como para reincidir en maniqueísmos y simplezas. Es un asunto delicado y complejo, bastante exhaustivo y trabajado, inseparable de la Filosofía y la Historia, inasequible a la miopía reduccionista de derechas e izquierdas, del amigo y el enemigo y la lucha de clases.
   La batalla está ganada. Es evidente la estafa, la mentira consustancial al poder. No merece la pena cualquier precio. Si ha de suceder que sea con naturalidad, dejándose, cuando de veras nos dejemos ser libres.
   Es muy arduo, porque, a fin de cuentas, ¿quién sabe? ¿No se trata más bien, por tanto, de cesar de imposiciones, de impostura? Comoquiera, el arte continúa recreándose, aportando sus escasas luces, poliedro pobretico. Ya lo ha explicado mil veces, de hecho, pese a que por ahora no resulte útil más allá de la intimidad. Tenemos, en efecto, a Canetti, a Dostoyevski, a Stendhal, a Tolstoi, a Kafka, a Broch, a Döblin, a Musil, a Orwell, a Huxley, a Bradbury, a Jünger, a Espinosa, a Henry Miller y un maravilloso, innumerable etcétera, sólo con el cual cabe hacerse una idea si se ha leído a Platón, Aristóteles, Montaigne, Spinoza, Hume, Kant, Tocqueville, Montesquieu, Nietzsche, Escohotado, Schopenhauer, Hegel y Heráclito.
   ¿Por qué no va a entender la literatura también de filosofía, y de filosofía política, como en Hölderlin o Goethe? Desde la poesía, Lucrecio, el Tao, John Milton o Walt Whitman hablan de política con una inspiración que ya quisieran los filósofos. La filosofía se ha quedado corta en el laberinto de sus razones, debe pensarse fuera de sí, como filosofía extática, parte de una turbulencia paradójica, estable en su irregularidad, copiosamente nutrida de relatos para actuar, como desde siempre hizo, dicho sea de paso.
   Conviene tener todo esto presente, y a Marx también, por un prurito culto, si se quiere, o preventivo, como a la vieja escolástica, o a la pornografía de Casanova y el Aretino... por sano frikismo, como se dice.3
   La política es urgente y susceptible de variados acercamientos, por eso tienta. Cada cual es soberano. Acaso estemos mutando y no haya que reírse de Nietzsche sino con él. Entonces sí nos complaceríamos, como Epicuro, libres de la política, mejor que humanos... Conjeturas, ciertamente, ajenas a la esperanza y la fe, divagaciones que aderezan el viaje mientras libertad y dominación enconan su pugna sempiterna. Pero si la escritura traza pensamientos de mediodía, algo pasa, y tal vez no del todo infame.
   No es cuestión de caer en vicios barrocos como norma, como hago yo mezclando encima el derecho con la literatura. Esta debilidad pertenece a mi particular idiosincrasia, a mi formación un tanto extraña. Puesto que el derecho ha impreso en mí carácter de modo similar al que se atribuía al sacerdocio, y me resulta inevitable, trato de encauzarlo para enriquecer lo que escribo, pero dudo que pueda servir como método. Además no es nada nuevo. La novela jurídica cuenta con una tradición estimable, de enorme interés, que autores como Kafka y Dostoyevski han cultivado con resultados excelentes, pero es endemoniadamente difícil de equilibrar. En su rigor acecha constante el aburrimiento, la falta de vitalidad.
   Puesto a pedir, quisiera una weltanschauung en cada libro, que cada libro, lejos de adherirse a un bando o a una doctrina, interpretara libremente su experiencia del mundo. Pero no soy quién para indicar a nadie lo que ha de escribir ni cómo, puesto que no quiero que me lo digan a mi. Que cada uno escriba lo que quiera, si quiere. Ni siquiera me atrevería a imponer a un escritor que leyese. Si ni siquiera quiere leer, que no lea. Obviamente, es casi imposible que me interese si no lee, pero no pienso impedirle hacerlo ni criticarlo.
   Y una última observación: que los autores sean más o menos coherentes con sus libros, también lo agradezco. En literatura, la ética es tan insoslayable como la política, sólo que con una relevancia mucho mayor. Albert Camus lo explica con una lucidez y una belleza milagrosas. Pocas veces ha alcanzado el espíritu humano a reconciliarse a través de la palabra tan hondamente con su condición como en El hombre rebelde. Un tratado filosófico, no estrictamente literario, pero que anima novelas como La caída, más incluso que La peste o El extranjero. El protagonista de La caída prefigura aspectos de los personajes de Bernhard, da rienda suelta a su confesión sin cortapisas, ávido de libertad a pesar del dolor que sufre. Interroga al misterio, traspasado por los grandes enigmas, resistiéndose a dejar de hacer preguntas que no tienen respuesta aunque, finalmente, felizmente, sea demasiado tarde.

1  Y ni siquiera entonces, pues esa extrañeza provoca que la mística influya políticamente con un peso considerable, quizá más fructífero que los discursos directos.
2  No en vano, la voz “camarada”, etimológicamente, alude a aquel con quien se comparte un enemigo.
3  Ruego indulgencia para mis blasfemias y herejías.

viernes, 11 de abril de 2014

Troppo vero


El dinero es poco.

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Uno de los motivos para comprar también novedades reside en que del torrente salen libros buenos. Si se acierta, algunos de éstos, aunque difícilmente lleguen luego a clásicos, pueden intercambiarse en préstamo con los amigos por dos, incluso tres (otras) novedades que uno sabe a ciencia cierta que no comprará -que no puede ni debe comprar- pero quiere leer.

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Soñé con Umbral hace unos días, aunque apenas lo he leído; a veces, en la última página de El Mundo, en los noventa... Lo vi muy vivo, pero viejo, arrugado, casi podrida la piel blanca de la cara, llena de manchas, surcos y pústulas brillantes. Fumaba, bebía y hablaba sin cesar. Su voz sonaba queda. Caminando de un sitio a otro, bajo las altas ramas y sentados en salones inundados de humo y luz amarilla, embutido en su abrigo marrón, levantaba un bastón negro, señalando callejones y paredes, roja la bufanda, con los gruesos lentes de montura de nácar delante de sus ojos risueños. Tan apagada la voz que no le oí, no sé qué dijo.

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La vanidad hegeliana de nuestra época es fruto de una lógica y feroz autocrítica, contraria a las evidentes injusticias, y, sin embargo, socialmente reprimida, de manera que casi siempre actúa de manera inconsciente.   




martes, 8 de abril de 2014

El experimento de Alberto Olmos

   Me parece muy valiente lo que ha hecho Alberto Olmos con su web: www.malherido.com
   Acabo de hacerme lector por un año, por 5€.
   Ojalá le vaya bien. Y que siga escribiendo y publicando también los libros en papel. Que pueda leer y comprar más libros. Ahora anda leyendo a Roth (Joseph), y a Chateaubriand; hace poco, a Quevedo. Supongo que sigue con Conrad y Bernhard. En fin, un placer. Quién pudiera. Comprometerse a dar algo que leer a diario y raudo cumplirlo. Y que a sus lectores nos guste. Trapiello hizo algo similar, conjeturo que otros. Me pregunto si no debería proliferar la idea. Parece un modo excelente de afrontar la escritura cuando se quiere ganar dinero con ella de una forma honesta.
   No contaré toda la historia, porque es inverosímil. En resumen. Ni siquiera he leído la mayoría de sus libros. Tengo mucho interés en Alabanza, recién publicada en Random House, pero del resto sólo he leído tres. A bordo del naufragio, su opera prima*, es una de las novelas españolas que más íntimamente he agradecido. Describía el ambiente de esos años con desesperación y, sin embargo, lucidez, ternura, amor de la tierra y las palabras. Mostrando esta sordidez que hoy por suerte ya muchos parece que perciben, aunque ser conscientes de la tiranía no sirva para derrocarla.** 
   A bordo del naufragio hablaba de eso a su manera. Filosofaba. Me recordó a Claudio Rodríguez, mucho. La leí como un poema, con una constante impresión de belleza. 
   Luego he leído Trenes hacia Tokio y Ejército Enemigo, encantado también, a pesar de que eché de menos aquella ingenuidad. Son novelas bastante menos entusiastas. Pero es lógico que los años impidan mantener aquellas dosis de ingenuidad.  
   Me gustan sus blogs. Leo a Olmos porque me gusta cómo escribe. Esa lengua rica y ágil, expresa una actitud ética ante el mundo, sin miedo a opinar de aquello que conoce. Abre realidad y representación y escribe, trabaja, hace lo que quiere, cumple su vocación. Me alegra mucho este experimento suyo, con él me llegan ecos de lo que sentí leyendo su primera novela. Que sea por muchos años.
   ¡Salud y Libertad! 

   www.malherido.com


* Perdona, Alb, es cierto.
** Un tipo como Gallardón, ministro de justicia, que, el año pasado, a propósito de la ley de tasas judiciales, dijo: "gobernar es repartir dolor", es un tirano. Todavía no sabemos vivir, al menos en lo político. Es nuestra responsabilidad crear una herramienta que permita la paz, las relaciones voluntarias de buena fe y el resarcimiento de los daños, y, por contra, la actual situación actúa de modo absolutamente opuesto: los corruptos explotan y someten con su monstruosa legislación a la inmensa y lábil mayoría, entre la que moverse motu proprio resulta peligroso.