lunes, 18 de mayo de 2015

Esta canalla de literatura, de Eduardo Gil Bera





   Esta canalla de literatura podría leerse como un sustancioso prólogo a la extensa colección de libros de Joseph Roth editada por Acantilado durante los últimos años. No obstante, el volumen se publica exento, más que como prólogo, como satélite en órbita alrededor de ese gran universo que es la obra personalísima de Joseph Roth, escritor nacido en Brody (Galitzia, 1894), autor de Job, La marcha Radetzky, La cripta de los capuchinos, El Anticristo o La leyenda del santo bebedor, por recordar sólo algunos de sus títulos más conocidos. Libros que, casi un siglo después, vibran lo mismo o más que el primer día y figuran por derecho propio entre lo mejor que la literatura de la época alumbró en esa zona concreta de Europa, donde aconteció una suerte de Edad de Oro y, de las ruinas del Imperio Austrohúngaro, surgió una constelación excepcional de creadores que, ciñéndonos a lo estrictamente literario, contó con la aportación de Sigmund Freud, George Trakl, Hugo von Hofmannsthal, Karl Kraus, Ludwig Wittgenstein, Robert Musil, Hermann Broch, Stefan Zweig o Elias Canetti, entre otros muchos de casi cualquier ámbito de las artes y las ciencias.
   En ese contexto aparece Joseph Roth, un judío heterodoxo, católico, veterano de la Gran Guerra y de la Revolución Bolchevique, enemigo acérrimo del tercer Reich tanto como de la burguesía, periodista sub auspiciis imperatoris y novelista de éxito internacional no por ello liberado de angustiosas penurias económicas, borracho empedernido, infortunado esposo de una mujer trastornada y ciudadano desprovisto de cinismo e hipocresía hasta extremos que bien pueden calificarse de suicidas, capaz de reprochar a su más querido amigo, Stefan Zweig, cuyos préstamos de dinero constituyeron para él en tantas ocasiones un salvavidas providencial, que, ya con los nazis en el poder, mantuviera su lealtad a la editorial Insel, controlada por éstos: “querer mostrar lealtad con esa banda de asesinos y mierdecillas, de mentirosos e imbéciles, de dementes y perjuros, profanadores, ladrones y salteadores de caminos, eso es incomprensible. Deje usted el insensato respeto ante el «poder» y el número para los sesenta millones, los estúpidos Henderson y McDonald, los socialistas y los políticos de la quiebra. Si nosotros no vemos la verdad y también nos echamos a temblar ante los pedos, ¿quién verá entonces lo verdadero?Cabe imaginar hasta qué punto se acobardaba y contemporizaba en sus escritos quien no dudaba en espetar lindezas tales a su más íntimo amigo y máximo benefactor.1
   En los quince ensayos que componen el libro, Gil Bera emplea un método sumamente eficaz y original. Apenas interviene sino muy discretamente con su propia voz. Se limita a elegir y ordenar fragmentos, sobre todo de la correspondencia que él mismo ha traducido. De manera que la biografía resulta a fin de cuentas, en no escasa medida, una autobiografía del propio Roth, que es quien habla y nos interpela directamente en cada página. Sólo puntualmente aparecen sus palabras iluminadas con el testimonio de terceros, como Soma Morgenstern o el mencionado Stefan Zweig. Así, se nos muestra cabalmente la humanidad conmovedora y admirable de este escritor comprometido con la palabra hasta el heroísmo, que no contempló jamás, ni siquiera como posibilidad, la opción de traicionarse.
   Resulta muy ilustrativo al respecto el pasaje escogido para terminar el libro. Dos párrafos sin desperdicio de «Lo indecible», artículo publicado el uno de julio de 1938 en Die Österreichische Post, de los cuales, sobreponiéndome a todas las tentaciones que en este momento me asaltan, reproduzco aquí únicamente las dos primeras frases: “Cada mes, cada semana, cada día, cada hora, cada instante se vuelve más difícil decir lo indecible de este mundo. La jurisdicción de las mentiras que los criminales tejen en torno a sus delitos paraliza la palabra y al escritor que es su servidor.


1 Ciertamente, las comparaciones son odiosas y a buen seguro no es este el lugar idóneo para escudriñar las connivencias con el crimen a gran escala del periodismo contemporáneo.

lunes, 4 de mayo de 2015

Miguel Fructuoso y Ramón Gaya. Diálogos


    Copio aquí la nota que acompaña a la intervención del pintor Miguel Fructuoso en el ciclo Diálogos del Museo Ramón Gaya:

    «Comparto con Miguel Fructuoso su preferencia por la obra de creación escrita de Ramón Gaya, en especial por Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), donde Gaya pone manifiestamente claras algunas verdades radicales del arte, así como la mentira de la crítica, de la cultura. El arte es natural, exigente, no abunda entre el hombre de la calle, mientras que en la crítica, en la cultura, cabe todo. Ese mundo de criaturas libres y paradójicas: naturales y humanas simultáneamente, es el hábitat del hombre común, del superhombre común, sano, limpio, fuerte, silvestre. La crítica, a lo sumo, expresa una ocurrencia; parte de un error, de una profanación; se obstina en traducir y tutelar lo que no necesita nada más para darse directo y entero, ni siquiera de la filosofía, cuyos prolijos estudios carecen de las revelaciones instantáneas en las que él consiste. Las criaturas del arte surgen de aguas hermanas de las que vierten la filosofía y la religión, pero son distintas de ellas. No son productos, tampoco sólo obras, son apariciones del río de la vida, algo que la personalidad de su coyuntural autor alcanza, precisamente, al desprenderse de sí para unirse al venero común de la naturaleza.
    »Confieso que me alegra enormemente tener la oportunidad de asistir a este diálogo entre Miguel y Ramón Gaya, porque viene a confirmar lo que Ramón Gaya escribió: que es inútil demorarse en discursos vacíos. La crítica artística es un postizo insustancial, apenas aporta nada a su objeto, nos aleja del arte en vez de ayudar a comprenderlo, a aprehenderlo. Las obras puestas en pie, conversan por sí solas. Fructuoso ha elegido El Telar, litografía de 1923 donde Gaya indaga en el aspecto de oficio del arte, en esa geometría inagotable con que el creador trabaja.»





Museo Ramón Gaya
Del 4 al 31 de mayo de 2015

miércoles, 15 de abril de 2015

Límites y border-lines del Estado


El Estado no es quién para decidir lo que uno hace o no con su cuerpo. Así en el aborto, la eutanasia, las drogas, el sexo, el alimento, los libros, la música o cualquier otro uso o costumbre que no dañe a otro. No tiene derecho a dictar leyes para defender a los individuos de sí mismos. Sorprende que la mayoría de la gente resista (y elija) ser guiada a palos en la multitud. Es natural que los lobos y las hienas estén desatados, devorándonos como carroña de sumisión acumulada, de tanta fe como escaso amor propio. Que en el fondo son buenos, los políticos profesionales, dicen, que creamos en ellos, que su actividad es digna y necesaria, pero convierte la vida en mierda pese a que la vida está llena de milagros a los que ellos son ajenos, los que mandan y legislan, Mefistófeles palidece ante ellos.






sábado, 11 de abril de 2015

Caminos infinitos


La oligarquía de partidos cada vez más maniquea, embustera y corrupta que padecemos obliga con frecuencia a que el poder sea asumido por irresponsables. Es nuestra enfermedad política. Y se extiende cobrando tal magnitud que parece no haber forma de remediarlo sin recurrir a la violencia, pues los irresponsables que nos gobiernan no reconocen las tropelías que necesariamente perpetran para llegar a donde están, ni se avienen a hacer las modificaciones legislativas que permitirían vivir sin someternos a más autoridad que la del autogobierno. Pese a todo, no merece la pena hacer uso de la violencia, ni siquiera contra este poder ávido y frívolo que día tras día se nos impone, marcándonos la derrota. Esa manía sempiterna de control, pretender que las cosas sean de esta o aquella manera, sin jamás dejarlas ser lo que quiera que sean, convierte la historia del ser humano en la historia de su fracaso como animal político. Se diría que la libertad de expresión es el único ámbito de libertad política que queda, pero aun esto será por poco tiempo. Sin embargo, también hay vida al margen del poder, y más rica y habitable, sólo es preciso buscarla. Los caminos de la libertad son infinitos y desconocemos la mayoría de ellos.




lunes, 6 de abril de 2015

Pan


El cielo gris nos riega con un persistente goteo desde hace días, arrojando la lluvia lentamente. Hace frío. De entre la gente, una mujer de aspecto sucio y desaliñado se acerca y en voz baja, con acento extranjero y hondo dolor en sus ojos oscuros, me pide "una ayuda". Niego con la cabeza y con lágrimas de vergüenza surcándole las mejillas, insiste: "Pan".
     
Le doy la espalda y sigo caminando hacia el juzgado. Su palabra resuena en mi oído largo tiempo.

Pan.

Huelo en la calle el hedor de la desesperación, veo cómo me acomete su carga de errores, pienso qué hacer, cómo, si yo nada poseo, y sigo mi camino asediado por acusaciones y culpas, porque sólo sé dar gracias, por esta vocación, por la fortuna inmensa de amar, por sentir que el destino es todavía la felicidad.

sábado, 28 de febrero de 2015

La ley electoral. Nota al pie de Pantanosa.




     «La ley orgánica 5/1985, de 19 de junio, del régimen electoral general, reguladora del principal medio de expresión de la voluntad popular, constituía un ejemplo modélico de la mala fe que se desprendía de todos y cada uno de los actos del legislador. Establecía tantos límites y condiciones a la voz de los ciudadanos y estaba redactada en unos términos tan retorcidos que, incluso como texto jurídico, resultaba anormalmente perverso. En concreto, el título III de dicha ley articulaba un método de interpretación y administración de los votos del cual se deducía inequívocamente la desconfianza que el poder profesaba al pueblo. Si uno ponía a prueba su paciencia el tiempo suficiente, terminaba por averiguar que la ley arbitraba un sistema electoral, llamado mixto, de lo más curioso. En resumen, la norma ordenaba lo que sigue:
     »El 30% de los escaños del parlamento se distribuía territorialmente, adjudicando a cada territorio una cuota fija de representación independientemente de su número de habitantes; a priori, correspondían dos escaños a cada circunscripción electoral -ya contase con un censo de diez millones de ciudadanos como de diez mil-, excepto para Ceuta y Melilla, que solamente tenían garantizado un escaño cada una. El 70% de escaños restante se repartía según el criterio de proporcionalidad, pero de una forma tan tortuosa que, en la práctica, el principio democrático de “una persona, un voto”, quedaba hecho añicos y el voto de cada persona pesaba más o menos dependiendo del territorio donde fuera otorgado y del partido al cual fuera otorgado. El objetivo de la ley,–-socavar la influencia de los partidos minoritarios aunque estuvieran implantados en todo el territorio del estado para reservar el gobierno sólo a aquellos partidos que fueran mayoritarios en todo el territorio-, hacía una única concesión: sobredimensionar la representación parlamentaria de partidos minoritarios que, al tiempo, resultasen mayoritarios en un territorio determinado, influencia que dichas minorías aumentaban cuanto mayor fuera la población de ese territorio. Así, un partido minoritario con apoyos dispersos a lo largo y ancho de todo el estado podía llegar a necesitar diez veces más votos para obtener un escaño que un partido minoritario ampliamente respaldado en un territorio específico. Solamente en el caso de que la población se concentrase en megalópolis de decenas de millones de ciudadanos, o en caso de que partidos implantados sólo en territorios precisos acaparasen el voto de sus respectivas circunscripciones y los partidos con implantación en todo el territorio del estado resultaran invariablemente minoritarios en cada concreta circunscripción, solamente en esos casos hipotéticos podían las elecciones arrojar un resultado que impidiese lo que en efecto sucedía, que los partidos mayoritarios con apoyo en todo el estado consiguieran escaños por muchos menos votos de los que costaba cada escaño a los partidos minoritarios no constreñidos a un territorio concreto.
     »El único resultado deseable que cabía esperar de semejante galimatías consistía en que el 97% de los votos depositados en cada circunscripción fuesen votos en blanco. Empero, de no alcanzar esa práctica unanimidad, el voto en blanco era computado, cómo no, torticeramente, de forma que afianzase aún más las mayorías de su circunscripción. Y de potencial voto subversivo pasaba a trocarse justamente en lo contrario, en adhesión a las mayorías a la vez que en detrimento para las minorías.»


Pantanosa, págs 315-316.

Imagen de Claudio Aldaz Casanova.

viernes, 13 de febrero de 2015

El oro de los tigres, una antología de José María Álvarez





   En su imprescindible ensayo La emboscadura, Ernst Jünger se pregunta: «¿Qué puede hacer el ser humano en presencia de la catástrofe y en el interior de ella?»

   He aquí una respuesta certera a ese interrogante.
   Puede cultivar el placer, gozar los lujos infinitos del arte y los increíbles milagros de la naturaleza, la belleza.

   Quienes aún no hayan leído a José María Álvarez tienen ahora la ocasión idónea para iniciarse. El oro de los tigres es la primera antología editada en España de este poeta que se dio a conocer con los Novísimos y ha corrido incansable mil venturas exprimiendo el botín del mundo, labrando como un orfebre un libro majestuoso y mítico, una obra maestra de la poesía contemporánea, Museo de cera, al tiempo que conformaba su vida de escritor y hombre libre. Es digno de respeto que sea una joven editorial de su ciudad natal la que emprende la tarea. Noelia Illán ha confeccionado para Balduque una selección excelente. Rescata un José María Álvarez muy puro, donde se destilan algunas de sus esencias más hondas. Prescinde de las obras en prosa y evita la tentación de escoger solamente las cumbres de una labor que consta ya de cuatro títulos además del mencionado Museo de cera. Sobre la delicadeza de gusto y pasión, Bebiendo al claro de luna entre las ruinas, Los obscuros leopardos de la luna y Como la luz de la luna en un martini, publicados todos por la editorial sevillana Renacimiento. 
   Aquí se muestran los versos de Álvarez sugeridos por ciudades y viajes o que de una u otra manera se refieren a ello, y bien se ve que con él casi siempre es así, puesto que su experiencia y concepto del viaje y las ciudades son tan complejos y extensos que acaban por erigirse en categorías filosóficas. Aquí no está Álvarez entero, sino una variada y sustanciosa lectura de ese particular aspecto de sus poemas. Hecha, como declara la editora, sin más criterio ni guía que la mayor libertad. Pero de tal manera que París, Roma, Istambul, New York, Venecia, Atenas, El Cairo, las joyas del arte que guardan como madres, esposas, hijas, diosas o putas, y las gentes, los mares y desiertos de la travesía, proyectan lo global, sintetizan con perspicacia al autor y su rica y singular visión del mundo, una visión lúcida, consciente de los avatares históricos, naturalmente desengañada, y, no obstante, en pleno ejercicio de una viva libertad, decididamente clásica, absolutamente joven y absolutamente moderna.
   La portada del libro es otro ejemplo de esta Cartagena cosmopolita, José María Álvarez en Estambul, un retrato soberbio de Charris.
   



GULLIVER´S TRAVELS



Mi visita tiene a la vez un carácter privado y oficial. 
Un hombre de ciencia le llamaría anfibio.

RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


Las gentes honradas se hacen ahorcar lejos de su país.

GIACOMO CASANOVA



In memoriam Charles Louis de Secondat,
Barón de la Brède y de Montesquieu


VENDRÁN. Forzarán
la puerta. Y todo aquello
que amas será humo
con el de tus libros.
Y aún da gracias
si salvas la piel...
Mas si pudieras
huir, no mires
atrás, gana
la frontera, en otra tierra
levanta tu casa, y otra vez
hazte de libros, pon en pie
el antiguo templo de la Sabiduría.
Y aprovecha el tiempo, antes
de que entren. Y si puedes
salvarte, huye, no mires
atrás, y en otra tierra...